Un superintendente de Scotland Yard acepta un encargo que no figura en ningún expediente: asistir como invitado a una fiesta de fin de semana donde un viejo amigo teme que alguien muera.
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Un superintendente de Scotland Yard acepta un encargo que no figura en ningún expediente: asistir como invitado a una fiesta de fin de semana donde un viejo amigo teme que alguien muera. La casa reúne a un heredero cruel, a la esposa que quiere divorciarse, al joven enamorado de ella y a un puñado de conocidos que fingen despreocupación. Cuando la lluvia cae sobre el bosque cercano, el temor deja de ser una hipótesis y se convierte en un cadáver.
Todo empieza con una cita en un club londinense. Un coronel retirado, antiguo jefe del protagonista en los años del servicio de inteligencia, lleva trece minutos gastando la alfombra del vestíbulo cuando llega el hombre al que ha llamado. No trae un caso ni una denuncia: trae una intuición formada tras una vida entera dedicada a medir a las personas. En una casa de campo, a pocas millas de la ciudad donde el policía ya investiga un asunto de contrabando, se celebrará una reunión que él describe sin adornos como un barril de pólvora.
El anfitrión será un heredero adinerado con reputación de sádico, que se niega a conceder el divorcio a su esposa y que ha cursado invitaciones con la precisión de quien coloca piezas sobre un tablero: al joven que ama a esa mujer, a la última conquista propia, a un grupo de conocidos que llenarán la casa de conversación trivial. El policía no acude con placa ni con orden; acude de permiso, como acompañante, confiando en que la sola incomodidad de su presencia baste para enfriar el ambiente.
La entrevista previa con el joven revela algo que ningún informe recogería: no hay violencia en su cabeza, pero sí una determinación que no admite disuasión y una tensión que busca salida. La partida está decidida antes de que nadie llegue a la casa.
La segunda mitad del relato cambia de registro sin subir la voz. Una tarde de lluvia, unos zapatos manchados de hierba mojada, un paseo que nadie mencionó, un mayordomo demasiado sereno que entrega una pitillera con iniciales grabadas encontrada junto a un cuerpo. Llegan el policía local y un forense de humor fúnebre, y el invitado que no venía a trabajar descubre que las apariencias también lo señalan a él, o al menos lo obligan a explicarse.
Es una novela de casa de campo construida sobre una idea inquietante: la de un detective invitado a impedir un crimen que aún no existe, y que fracasa exactamente en aquello para lo que fue llamado. El interés no está solo en identificar al culpable, sino en observar cómo un profesional acostumbrado a llegar después del hecho intenta, por una vez, llegar antes, y cuánto pesa esa diferencia cuando el cadáver aparece de todos modos. Prosa sobria, diálogo de doble filo, cortesía británica usada como arma.
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