Ashenden Park, una mansión palladiana inglesa del siglo XVIII, pasa por herencia a dos hermanos que deben decidir su destino entre las deudas, la memoria familiar y el peso de la historia que guardan sus muros.
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Ashenden Park, una mansión palladiana inglesa del siglo XVIII, pasa por herencia a dos hermanos que deben decidir su destino entre las deudas, la memoria familiar y el peso de la historia que guardan sus muros.
Tras la muerte de su tía Reggie, Charlie Minton —fotógrafo de guerra retirado, de cincuenta y siete años— y su hermana Ros, médica de vocación heredada, se convierten en propietarios inesperados de Ashenden Park, la casa de campo donde su tío Hugo y su tía Reggie vivieron y que todos daban por hecho que acabaría en manos del National Trust. Lo que iba a ser un trámite breve se transforma en una estancia prolongada en un pabellón lateral de la finca, entre tasadores que recorren la mampostería dañada por el invierno, facturas de calefacción imposibles de asumir y la sombra de los impuestos de sucesión. Charlie, instalado a regañadientes en Inglaterra mientras su mujer Rachel sigue en Nueva York al frente de su tienda de lanas y su propia vida creativa, se debate entre la nostalgia de una existencia nómada dejada atrás y el desconcierto de un país que ya no reconoce del todo. Ros, por su parte, se aferra a la casa con una tenacidad que su hermano no termina de entender, reuniendo documentos históricos y aplazando cualquier decisión definitiva sobre vender, ceder o reformar la propiedad. Entre el guarda Tony y sus reflexiones sobre fantasmas y rusos con dinero, la antigua cuidadora Elaine consumida por la culpa, y una cena inminente con una vecina experta en la historia local, la novela construye, capítulo a capítulo, el retrato de una casa que ha sido testigo de generaciones —bodas, muertes, abandono y devoción— y de una familia obligada a decidir qué hacer con ese legado justo cuando menos preparada está para afrontarlo.