En un bar de Cayo Hueso, un periodista escucha la confesión de un viejo amigo: el ingeniero Hiram Solar, al que todos llamaban Harry, acaba de sacar de Cuba una embarcación construida a escondidas con trece fugitivos a bordo.
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En un bar de Cayo Hueso, un periodista escucha la confesión de un viejo amigo: el ingeniero Hiram Solar, al que todos llamaban Harry, acaba de sacar de Cuba una embarcación construida a escondidas con trece fugitivos a bordo. En mitad de la noche, vencido por el sueño y el agotamiento, cree ver La Habana entera flotando a la deriva sobre el mar, apagada y deshabitada. Ese espejismo abre una novela sobre la insularidad, la memoria y una ciudad que no se deja abandonar.
Todo empieza con un abrazo en la puerta de un bar de la esquina de Greene y Duval, en Cayo Hueso, el mismo local que aparece en la novela póstuma de Hemingway. Allí se encuentran por primera vez fuera de Cuba dos hombres que se conocieron en La Habana: el narrador, Marcelo, periodista llegado desde Madrid con la excusa de rodar unos reportajes sobre los cayos y la base militar del Estrecho, y el ingeniero Hiram Solar, Harry, negro de Trinidad, célebre entre sus amigos por su parecido con Harry Belafonte. Harry viene de Nueva York y trae una historia que necesita contar: la de su fuga.
La embarcación desmontable que él mismo diseñó salió de la playa de Quiebrahacha, más allá del Mariel, con catorce personas a bordo rumbo a la Yuma. Pero en alta mar, entreabriendo los ojos desde el sueño, Harry ve alzarse ante la proa una silueta inmensa y silenciosa que reconoce sin esfuerzo: el Malecón, la Loma de Chaple, la desembocadura del Jaimanitas, las Playas del Este. Una ciudad espectral, sin una luz, navegando hacia ninguna parte entre sus propias ruinas. El pánico le llega en forma de sospecha teológica y burocrática a la vez: que los orishas invocados por la santera Petra Porter no cumplieron el pacto, que la brújula ha errado, que el mar lo devuelve a La Habana y a las celdas de Villa Marista.
El relato se abre entonces hacia atrás, en círculos concéntricos. Está el viejo Pedro Infinito, pescador llegado de Gran Canaria como polizón a los quince años, dueño del Gran Río Azul y exégeta infatigable de sus veinte años junto a Hemingway, que había advertido a Harry contra el sueño nocturno en alta mar, cuando los diablos del mar se montan encima y traen visiones. Está la Tribu habanera que el narrador conoció en su primer viaje a la Isla: Petra Porter, santera y amante clandestina; Zeida Olivar, bailarina malograda por el ron del bueno; el periodista Tano Sánchez; y Cabeza Pulpo, el policía que persiguió a Harry durante cinco meses por los solares de Lawton. Y está Angola, la noche de Cuito Cuanavale en que el general Ochoa colgó el teléfono del puesto de mando y dijo en voz alta lo que no se podía decir, convirtiendo en testigos incómodos a los cuatro hombres que lo escucharon.
Entre el frío suicida del río Angará en Siberia, los caracoles echados en una ceremonia yoruba y el fusilamiento de un general condecorado, la novela compone el retrato de una generación educada por la Revolución y luego señalada por ella. Bajo las epígrafes de Gastón Baquero y Derek Walcott, y con un primer libro titulado “El santuario en ruinas”, el libro sostiene una sola convicción incómoda: amar un horizonte es insularidad, y ninguna huida por mar aleja del todo de la ciudad que uno lleva encima.