Un médico residente termina una guardia nocturna cualquiera y, al asistir un parto imprevisto, se reencuentra con León, el amigo de infancia al que había perdido de vista.
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Un médico residente termina una guardia nocturna cualquiera y, al asistir un parto imprevisto, se reencuentra con León, el amigo de infancia al que había perdido de vista. Ese cruce casual abre una grieta en su vida ordenada: un viejo internado que parece conocerlo demasiado bien, una transmisión televisiva que nadie más ve, un arma escondida en un cajón. «Así fue como perdí la luz del Sol», de Alejandro Gamen, avanza entre el realismo de la sala de urgencias y una fábula del bosque que la interrumpe a intervalos, hasta volver ambas partes de un mismo relato sobre lo que la memoria decide no devolver.
La novela empieza con un despertar a medias. El narrador —un residente de urgencias sin nombre, entrenado en la aritmética exacta del cansancio: cuánto café por cuántas horas de guardia— es sacado de su siesta por una embarazada que llegó al lugar equivocado. No hay obstetra, no hay camas en los sanatorios cercanos, no hay derivación posible. Le toca a él. Lo que parecía otro trámite de una noche tranquila de mitad de semana se convierte en otra cosa cuando reconoce al marido de la paciente: León, el amigo con el que compartió cómics y noches de infancia, y que ahora hace todo lo posible por que ese médico en particular no atienda a su mujer.
De ese reencuentro incómodo —dos vasos de café en un pasillo, una conversación que rodea más de lo que dice— sale una amistad recuperada y también la primera señal de que hay algo debajo. La segunda llega esa misma noche: un hombre mayor internado por un episodio cardíaco pide verlo por su nombre, le habla de un pasado compartido que el narrador no termina de ubicar, le aconseja no hurgar en las cabezas ajenas ni en la propia y lo invita a una partida de ajedrez pendiente. La tercera es una figura que se arma con la interferencia de una pantalla en la sala de espera vacía, hablándole con el volumen bajo, para él solo.
El segundo capítulo cambia el registro sin cambiar de mundo: una tarde de otoño en el patio de León y Maby, con el hijo de ambos correteando, un disco de Coltrane traído de regalo, cómics del As Enemigo prestados a regañadientes, una teoría casera sobre los tres tipos de mujeres explicada con soles amarillos y agujeros negros. Es la parte cálida del libro, y está construida con una precisión doméstica que hace más filoso el momento en que un cajón trabado se sale de su riel y deja a la vista una pistola. El narrador vuelve a casa inventando una excusa que su amigo no le cree.
Entre esos capítulos se intercalan los interludios —«En el bosque», «En el submundo», «En el interior de la tierra», «En el tiempo pasado», «En la corte del rey»—, la historia de Teo, un chico solo en una casa grande donde la mujer cocina, los hombres limpian y los padres hacen sus cosas. Teo se escapa siguiendo una canción, cruza el pantano del que hablan los sirvientes y encuentra a Solly, un niño de piel verde y pelo de raíces que vive en un árbol seco más grande por dentro que por fuera, con una lámpara de vidrios rotos que encienden las luciérnagas. Es un cuento infantil de verdad, con su lógica y sus chistes propios, y funciona como el reverso luminoso de lo que el narrador adulto no consigue mirar de frente.
El índice mismo forma parte del procedimiento: la numeración corriente avanza mientras otros capítulos vuelven hacia atrás en negativo —(-1), (-3), (-2)—, y sus títulos («Piezas faltantes», «La cura para la memoria», «Lo que escapa a la vista», «Materia oscura», «La contrahistoria») anuncian una reconstrucción que se hace en dos direcciones a la vez. Gamen escribe con humor seco en los diálogos, atención al detalle físico —el reloj de plástico, la máquina de café, el zumbido de los tubos fluorescentes— y una vocación por lo que se insinúa antes de decirse. El resultado es un libro que empieza como crónica de guardia, se abre a la nostalgia de una amistad y termina proponiendo que hay recuerdos que uno no perdió: los guardó donde no llegara la luz.
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