Un recorrido por mil años de organización política romana, desde la monarquía fundacional hasta el Imperio del siglo III, centrado en cómo Roma construyó, sostuvo y adaptó su maquinaria de gobierno.
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Un recorrido por mil años de organización política romana, desde la monarquía fundacional hasta el Imperio del siglo III, centrado en cómo Roma construyó, sostuvo y adaptó su maquinaria de gobierno.
Francisco Javier Navarro parte de una pregunta que suele quedar eclipsada por la fascinación con la caída del Imperio romano: no por qué se derrumbó, sino cómo llegó a levantarse y a sostenerse durante más de un milenio. Para responderla recorre las tres grandes etapas del Estado romano —Monarquía, República e Imperio— atendiendo en cada una a sus instituciones, a su marco jurídico y religioso, y a los hombres concretos que tuvieron el poder en las manos.
El libro se ordena en tres planos que se entrelazan. El primero describe la arquitectura institucional: el rey sacerdote y general de los orígenes, el nacimiento del populus y las reformas de Servio Tulio; después el entramado republicano de magistraturas civiles y militares, Senado y Asamblea popular, con su administración de Italia y de las provincias; finalmente los poderes de Augusto, la cancillería imperial, el régimen provincial y la administración local que sostuvo la ecúmene romana. El segundo plano sigue a la clase dirigente en su transformación: de los sacerdotes intérpretes de la tradición a la nobilitas republicana forjada en la conquista de Italia, y de ahí al orden ecuestre y a las oligarquías municipales que se convirtieron en el gran soporte del régimen imperial. El tercero, quizá el más sugerente, examina la praxis del poder: los valores, los intereses materiales y las estrategias con que esa élite gobernó.
De ese análisis emergen las claves que el autor considera decisivas. Roma nunca tuvo una constitución escrita ni un legislador a la manera de Solón; su derecho público creció como una maraña de instituciones ancestrales apenas reguladas y soluciones transitorias, apoyada en dos principios —la tradición (mos) y los precedentes (exempla)— que permitían cambiar sin derogar. Esa imprecisión deliberada dio a la aristocracia un control extraordinario sobre el Estado. Navarro discute también el contrato no escrito que sostuvo la República: el honos del magistrado que gastaba su patrimonio y su vida al servicio de la comunidad, a cambio del reconocimiento público y, sobre todo, del voto; y la libertas, entendida no como autonomía individual sino como la condición de un cuerpo político cuyas instituciones funcionan con normalidad. Frente a esa lectura, el célebre acrónimo SPQR aparece como una imagen eficaz más que como una descripción veraz del reparto del poder.
El volumen dedica atención asimismo al militarismo romano y a sus causas —el carácter aristocrático de la sociedad, la anualidad de las magistraturas que empujaba a cada cónsul a buscar gloria inmediata, la doctrina del bellum pium et iustum—, a la gestión del imperio mediterráneo y a la expansión de la ciudadanía como mecanismo de integración de pueblos y culturas diversos. También recoge el pensamiento político que acompañó ese proceso, del helenismo puesto al servicio de Roma a la defensa ciceroniana de la República y su humanización del Imperio.
Escrito con lenguaje conciso y voluntad divulgativa, evitando los debates prolijos de especialistas, el libro se dirige tanto al lector interesado como a quienes estudian o enseñan Historia Antigua. El prólogo de Juan Francisco Rodríguez Neila sitúa la obra en un horizonte más amplio: el de un legado —el derecho, la vida municipal, la ciudadanía, la red de ciudades— sobre el que se ha ido configurando buena parte de la identidad europea.
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