Mario Durán Acevedo relata en primera persona el camino que lo llevó de joven piragüista asturiano a funcionario del Cuerpo Nacional de Policía: la decisión casi casual de presentar la solicitud, los apenas dos meses y medio de preparación…
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Mario Durán Acevedo relata en primera persona el camino que lo llevó de joven piragüista asturiano a funcionario del Cuerpo Nacional de Policía: la decisión casi casual de presentar la solicitud, los apenas dos meses y medio de preparación contrarreloj, el internado en la Escuela Nacional de Policía de Ávila, las prácticas en Oviedo y el aterrizaje en el trabajo real de comisaría. Con prólogo de Luis del Olmo, el libro combina el testimonio personal con información práctica sobre requisitos, pruebas y rutinas del oficio, y desmonta por el camino la imagen heredada del cine y las series.
Todo empieza con un trámite de menos de diez euros. En mayo de 2004, en Avilés, un chico de veinte años sin vocación policial ni antecedentes familiares en el Cuerpo rellena una solicitud de admisión a las pruebas de ingreso porque un amigo insiste. No hay épica en ese arranque, y esa es precisamente la apuesta del libro: contar cómo se fabrica un policía sin recurrir al relato heroico.
La primera parte reconstruye la oposición desde dentro. El autor pasa del desinterés al compromiso en cuestión de semanas, se planta en una academia de Gijón donde le advierten que llegar tan tarde es imposible, y organiza su vida alrededor de un horario cerrado: clases por la mañana, tests y psicotécnicos después, temario por la tarde y un último repaso tras la cena. Su formación deportiva —piragüismo de competición durante años— le da un marco mental que traslada al estudio: el examen como carrera, la ansiedad previa como nervios de precompetición, la capacidad de dejar atrás un ejercicio ya entregado. El día de la prueba, con decenas de miles de aspirantes convocados en toda España, se detalla con precisión lo que rara vez se cuenta: el material sobre la mesa, la lectura de instrucciones, la estrategia ante las preguntas dudosas, el test de personalidad interminable, la redacción final, y los descansos en los que unos comparan respuestas y otros lloran por haberse equivocado de columna. A esto se suman los obstáculos logísticos que descabalgan a muchos candidatos: los permisos de conducir exigidos, los requisitos de acceso, las pruebas físicas, el reconocimiento médico y la entrevista personal.
La segunda parte traslada el relato a la Escuela Nacional de Policía de Ávila: las primeras semanas de adaptación, el temario, la disciplina cotidiana del internado, el primer contacto con armas de fuego, los bimestres y sus exámenes, las vacaciones que interrumpen la rutina y la relación singular que la ciudad mantiene con la academia que alberga. La tercera lleva al aula práctica y a las prácticas en Oviedo, con asuntos muy concretos —el sueldo, la elección de destino— que suelen quedar fuera de cualquier ficción.
La cuarta parte es la del oficio ya ejercido: los primeros días en la comisaría del aeropuerto, el salto a una comisaría urbana, un centenar de noches patrullando las calles de Oviedo, un dispositivo de los Premios Príncipe de Asturias. Aquí el tono se vuelve más reflexivo. El autor describe las particularidades de una profesión que se lleva puesta fuera del horario, sus efectos sobre la vida personal y la distancia entre el uniforme y la persona que lo viste. Prologado por Luis del Olmo, que conoció al autor cuando este trabajaba como escolta, el libro funciona a la vez como memoria honesta, guía orientativa para quien se plantea opositar y retrato de un cuerpo de decenas de miles de funcionarios cuyo trabajo diario resulta, para la mayoría de los ciudadanos, mucho menos conocido de lo que suponen.
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