Adrián tiene diecisiete años, empieza bachillerato y arrastra desde hace tiempo un secreto que solo compartió con dos personas: su mejor amiga Clara y su abuela Carmen, que ya no está.
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Adrián tiene diecisiete años, empieza bachillerato y arrastra desde hace tiempo un secreto que solo compartió con dos personas: su mejor amiga Clara y su abuela Carmen, que ya no está. Entre el ruido del primer día de clase, la llegada de un compañero nuevo que lo desconcierta y los comentarios homófobos que aprende a encajar en silencio, va creciendo en él la necesidad de dejar de fingir. Silvia Luz Sánchez firma una novela juvenil de tono cercano sobre el miedo a decirse en voz alta, el precio de callar y la diferencia que marcan quienes escuchan sin pedir explicaciones.
El curso arranca como cualquier otro: un despertador con dos alarmas, la camiseta elegida a última hora, la colonia de más y las ganas de reencontrarse con los de siempre. Adrián es extrovertido, cuidadoso consigo mismo, hijo único de una familia acomodada donde el padre habla poco y la madre lleva media vida en un trabajo que no la entusiasma. Lleva colgado al cuello el relicario de su abuela Carmen, que en lugar de fotografías guarda un algodón perfumado, y cada mañana repite el mismo gesto y la misma frase antes de salir de casa. Es su manera de seguir teniéndola cerca.
Porque la abuela fue una de las dos únicas personas a las que Adrián se atrevió a contarle lo que siente. La otra es Clara, su mejor amiga desde infantil, ahora en un instituto de la ciudad vecina, a catorce kilómetros que pesan mucho más de lo que miden. Con ella habla cada tarde, y con ella ha ido dándole vueltas todo el verano a la misma pregunta: cuándo, cómo y a quién decirlo. Lo que en su casa se traduce en un padre que pregunta por novias que no llegarán nunca, y en años de deportes extraescolares que jamás le interesaron.
En primer de bachillerato se sienta a su lado Ethan, un chico recién llegado de Madrid: alto, moreno, de ojos verdes y una seguridad que a Adrián lo desarma. La atracción es inmediata y confusa, y se complica cuando Ethan empieza a hacer chistes sobre un profesor al que llama amanerado, y a reírse de él en clase tras clase. Adrián sonríe, disimula, protesta a medias, y cada burla le confirma exactamente lo que teme. Cansado de sostener un personaje, decide pedir ayuda a Sara, su tutora, la profesora seria en clase y accesible fuera de ella. La conversación que mantienen en la sala de profesores le da menos respuestas de las que buscaba y más valor del que creía tener. Esa misma noche, con las piernas temblando escalón a escalón, baja a cenar dispuesto a bajarle el volumen al telediario y hablar.
A partir de ahí, la novela sigue lo que suele quedar fuera del relato: no el momento de decirlo, sino todo lo que viene después. Las reacciones que hieren y las que sorprenden, las amistades que se comportan de forma inesperada, las mentiras que se enredan, la exposición de las redes sociales y una caída que obliga a todos —a Adrián y a quienes lo rodean— a replantearse cómo han estado mirando. También el camino de vuelta: la reparación, el reencuentro y la posibilidad de empezar de nuevo sin renunciar a nada.
Dedicada a quienes alguna vez tuvieron miedo de ser como son, la obra está escrita en capítulos breves, con diálogos ágiles y mucha conversación de WhatsApp, y se apoya en un puñado de personajes reconocibles: la amiga incondicional, la profesora que escucha, la abuela que supo antes de que se lo contaran, el padre al que cuesta llegar. Sin subrayados ni moraleja explícita, propone una lectura accesible para adolescentes y para los adultos que los acompañan, y deja una idea sencilla: el miedo no desaparece porque uno hable, pero hablar cambia quién sostiene el peso.
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