Un hombre que se llama a sí mismo Asklepios toma la pluma para confesarse y explicar una anomalía: nació griego, en Megara, mucho antes de que existiera Atenas, y volvió a nacer hace treinta y cuatro años entre los modernos.
Descargar
Un hombre que se llama a sí mismo Asklepios toma la pluma para confesarse y explicar una anomalía: nació griego, en Megara, mucho antes de que existiera Atenas, y volvió a nacer hace treinta y cuatro años entre los modernos. No es un dios expulsado de su tierra, sino algo más difícil de contar: un hombre expulsado de su siglo. Desde esa distancia imposible reconstruye su infancia, examina las edades que fue y ensaya una teoría del recuerdo, la emoción y la inocencia.
El libro se abre con una declaración de principios más que con una trama. Quien habla se presenta por su nombre, Asklepios, y enumera lo que ama y lo que rechaza: la comparecencia de las cosas, el arte, la libertad, los débiles y los que trabajan sin ganar para el desayuno; frente a ello, los reverentes, los adoctrinados, las palabras sin significado y toda doctrina que no resista el juicio. Escribe, dice, por la necesidad de experimentarse verdadero. Esa voz —irónica, argumentativa, tan dispuesta a la definición como a la burla— sostiene el conjunto.
El argumento central es una hipótesis llevada hasta sus últimas consecuencias. Los dioses desterrados en el espacio, razona el narrador, acabaron encontrando pueblo y devotos; pero un ser desterrado en el tiempo no tiene testigos, ni contemporáneos, ni posibilidad de recobrar su reino, porque entre él y los suyos se abre el hueco de los siglos. De ahí nace su tragedia particular, que no es la de Edipo: por necesidad es griego y por casualidad no lo es. Y lo que en los antiguos daba grandeza, en él produce insignificancia; lo terrible aparece como farsa, o directamente no aparece.
A partir de ese planteamiento, la obra se vuelve una investigación de la propia interioridad. El narrador niega que el hombre sea una totalidad y propone verlo como una sucesión de disposiciones: el niño no es larva del joven ni el joven boceto del adulto, y quien muere de niño no muere de esbozo. Conocerse exige entonces excavar en la conciencia, sacar a la luz las sensaciones depositadas allí e interpretarlas, tarea que describe como arqueológica y dolorosa. La memoria aparece como el único hilo continuo en un mundo discontinuo, y el recuerdo, como el espíritu mismo.
Buena parte del texto reconstruye esa infancia doble: los sueños de una luz y unos espacios que el niño no sabe nombrar y que el adulto identifica como su patria perdida; los olores y los tactos como primer modo de conocer; el asombro ante un mundo que se ofrece siempre nuevo, extenso y misterioso; la noche como territorio cerrado a los párpados infantiles y poblado de panaderos, amantes y desvelados. Junto a ello se despliega una teoría de las emociones que distingue las referidas —las que responden a un estímulo compartido— de las deferidas, que brotan sin causa proporcionada y de las que viven los artistas.
El relato avanza mezclando confesión, tratado y anécdota apócrifa. Filósofos, médicos, oráculos y viajeros comparecen con sus dictámenes; hay un Demócrito viejo que confiesa que el único misterio es la existencia de lo innecesario, unos megarenses que interrogan a Apolo sobre qué cosa es más irremediable que los dioses, y un Herakles que visita Toledo en el siglo XVI para intentar el trabajo más difícil: entender lo que ve. El resultado es una obra de pensamiento en primera persona sobre la identidad, la pertenencia y lo que significa quedar fuera del propio tiempo.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.