Asmir tiene siete años y vive en Sarajevo cuando la guerra irrumpe en su ciudad y convierte el parque donde jugaba en un cráter y un cementerio. Obligado a huir con su madre, su abuela y su hermano pequeño, deja atrás a su padre, su casa y…
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Asmir tiene siete años y vive en Sarajevo cuando la guerra irrumpe en su ciudad y convierte el parque donde jugaba en un cráter y un cementerio. Obligado a huir con su madre, su abuela y su hermano pequeño, deja atrás a su padre, su casa y hasta su propio nombre. Christobel Mattingley narra, con una prosa sobria y a la altura de la mirada infantil, el trayecto de una familia bosnia desde el aeropuerto de Sarajevo hasta Belgrado y, después, hacia la frontera de Hungría con Viena como horizonte. Un relato breve sobre el desarraigo, la dignidad y la pregunta que ningún adulto sabe responder: por qué la guerra nunca tiene sentido.
Antes de la guerra, Sarajevo era para Asmir un lugar hecho de cosas concretas y buenas: la nieve sobre las montañas, las cúpulas de las mezquitas asomando entre los tejados, la llamada del muecín tres veces al día, las tortitas de su abuela y las tardes en el parque con sus amigos. Su padre, Muris, era abogado; su madre, Mirsada, ingeniera química en una fábrica de chocolate; su hermano Eldar apenas tenía un año. Todo eso cabía en una palabra difícil de pronunciar para los extraños —Bosnia-Herzegovina— y fácil como un plato de casa para quien la había mamado.
Luego llegaron los tanques, los francotiradores y los aviones. Asmir descubre la guerra por sus detalles: el olor a quemado, el cartero muerto en mitad de la calle con las cartas manchadas de sangre, la fábrica de chocolate ardiendo, el parque transformado en cráter y en fosa. Descubre también un vocabulario nuevo y aplastante —invadir, huir, limpieza— que su padre le explica en la oscuridad de una noche compartida, sin suavizarlo y sin justificarlo. Cuando llega el aviso de que quizá sea la última oportunidad de salir, la familia dispone de media hora para cruzar tres kilómetros de ciudad bombardeada hasta el aeropuerto: la abuela guía por atajos que solo ella conoce, la madre arrastra las maletas, y Asmir, con siete años, carga lo que puede y se repite la orden que le dio su padre: ahora te toca cuidar de ellos.
El vuelo militar los lleva a Belgrado, a un piso de dos habitaciones donde catorce personas conviven detrás de un sofá y unas macetas que Asmir convierte en selva privada. Allí la guerra no cae del cielo, pero se cuela de otro modo: en la dependienta que pregunta si son refugiados, en el gesto torcido de un desconocido al oír el nombre de Eldar, en la decisión de su madre de llamarlos Atzo y Edi para poder bajar al parque. Frente al televisor, cada noche, la familia busca a Muris entre las imágenes de calles ardiendo y de hombres retenidos en campamentos. Cuando se anuncia que las fronteras podrían cerrarse, la tía Melita y el tío Miroslav —serbio, y por eso también sospechoso— cargan un coche pequeño con seis personas y lo imprescindible, y emprenden un viaje de un día y media noche y cuatro controles fronterizos hacia Viena, donde alguien los espera.
Mattingley construye el relato desde dentro de la cabeza de un niño, sin narrador que interprete por él: Asmir mide el horror comparándolo con lo que ya conoce —una sábana suave como las mejillas de su abuela, un suspiro más hondo que un cráter—, y su desconcierto ante palabras como «limpieza» resulta más elocuente que cualquier explicación. La escritura evita el sentimentalismo y el discurso, y confía en los objetos y los gestos: dos fotos guardadas en una mochila, unas cosquillas para calmar a un hermano, un cuaderno que se llena de dibujos para un padre ausente. El resultado es una historia de guerra contada sin una sola escena de heroísmo militar, en la que el valor tiene la forma de una abuela frágil que conoce los callejones, de una madre que negocia con serenidad al pie de la escalerilla de un avión y de un niño que, sencillamente, no quiere una pistola.
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