En una aldea perdida de Dalarna, dos casas se miran a través de un prado nevado. En una se instala Veronika, una escritora joven que ha huido de Estocolmo —y de algo mucho más lejano— con un libro que no arranca; en la otra vive Astrid,…
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En una aldea perdida de Dalarna, dos casas se miran a través de un prado nevado. En una se instala Veronika, una escritora joven que ha huido de Estocolmo —y de algo mucho más lejano— con un libro que no arranca; en la otra vive Astrid, una anciana a la que el pueblo llama bruja y que lleva décadas administrando el silencio como quien administra una herida. Un saludo con la mano, una ventana entreabierta y un plato de crepés bastan para abrir una grieta en dos soledades cuidadosamente construidas. Linda Olsson narra, al ritmo del deshielo sueco, cómo dos mujeres separadas por medio siglo aprenden a nombrar lo que perdieron.
Es el primer día de marzo cuando Veronika Bergman llega de noche a una casa alquilada en lo alto de una colina de Dalarna, en el centro de Suecia. Ha conducido desde Estocolmo por carreteras nevadas, ha descargado unas pocas bolsas con libros y discos y se ha acostado en una cama donde su cuerpo es todavía una forma extraña. No sabe cuánto se quedará. La decisión no fue tanto una decisión como una sucesión de gestos casi inconscientes que la catapultaron hasta ese remanso blanco, lejos del padre con el que viajó toda su vida y que ahora tiene una vida propia, y lejos de una playa de Nueva Zelanda que regresa cada noche convertida en pesadilla.
Al otro lado del prado hay otra casa, más grande y más vieja, con las ventanas como cuadrados negros y sin una sola luz encendida. Allí vive Astrid Mattson, a quien en la tienda del pueblo llaman, entre risas, la bruja: una mujer que no soporta a la gente, que baja a la aldea solo cuando es imprescindible y que ha convertido su rutina en una forma de seguridad. Astrid mantiene el pasado a raya con un esfuerzo constante y agotador; espera la muerte con la única condición de que llegue en sus términos, sin caer en manos de quienes, dice, aguardan a que los necesite. Y sin embargo, la noche en que unos faros iluminan la casa vecina, se descubre desnuda junto al cristal, mirando.
La novela avanza por acercamientos mínimos y reversibles. Primero es Veronika quien saluda al pasar en su paseo diario; una mañana, para su propia sorpresa, la mano de Astrid se levanta y devuelve el saludo. Luego llega el silencio de dos días en la casa de enfrente —Veronika ha caído enferma y se pierde en un delirio de mareas y huellas que se borran— y Astrid, con las piernas actuando por su cuenta, cruza el prado, llama a la puerta y entiende que su vida acaba de cambiar de manera irrevocable: ahora le importa. Enciende la cocina de leña, hace crepés con mermelada de fresas silvestres, sirve un té casi negro y muy dulce, y se marcha con una única frase por toda promesa: estaré pendiente.
A partir de ahí, la amistad se construye como se construye la primavera en esas latitudes: con recaídas, anémonas azules entre la hierba color lino, paseos en los que la joven acomoda su paso al de la anciana. Olsson alterna las voces de las dos mujeres y deja asomar, desde el prólogo, dos escenas que gravitan sobre toda la novela: una noche blanca de julio de 1942 en Västra Sängeby y un mediodía de noviembre de 2002 en Karekare, con el estrépito del mar. Entre ambas hay una cicatriz en la base de un dedo anular, un libro que se resiste a ser escrito y unas palabras nuevas que ninguna de las dos ha pronunciado todavía.
«Astrid y Veronika» es una novela de atmósfera y de duelo, atenta al modo en que el paisaje —la nieve que se ajusta a la temperatura, el hielo que se resquebraja en el río, el cuervo que abre la mañana— acompaña el trabajo lento de volver a respirar. Su tema no es el consuelo fácil, sino la confianza: qué hace falta para contarle a otra persona aquello que se ha decidido no contar nunca, y qué se recupera cuando por fin se hace.