Un robo doméstico —joyas heredadas que desaparecen de un cofre la noche de Año Nuevo— enciende la memoria de una narradora que decide reconstruir, por fin, la historia de su padre adoptivo.
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Un robo doméstico —joyas heredadas que desaparecen de un cofre la noche de Año Nuevo— enciende la memoria de una narradora que decide reconstruir, por fin, la historia de su padre adoptivo. De ahí se despliega un relato familiar que va de una sombrerería centroamericana a La Habana de los años treinta y a un barco de prisioneros alemanes deportados durante la guerra, tejiendo infancia, exilio y herencia en una sola voz.
Todo empieza con una ausencia concreta: la narradora abre el cofre forrado de cuero para lucir un collar de perlas en una fiesta de fin de año y descubre que alguien se ha llevado, con criterio experto, lo más valioso. No fue el valor comercial lo que se perdió, sino la materia de los vínculos: dos argollas de oro —la del matrimonio fallido de su madre con su padre natural y la de Vati, el hombre que la crió—, el anillo de zafiro de la abuela Cecilia, unos aretes de la suegra. Objetos que ella solía usar juntos, como amuleto, para conciliar lo bueno y lo malo de su infancia.
Desde esa pérdida arranca una investigación afectiva que la autora había pospuesto durante años: contar la vida de Vati. La narración se abre entonces en dos tiempos que se alternan sin jerarquía. Por un lado, la infancia salvadoreña de la protagonista: la tienda de sombreros y medias de seda donde su abuela Cecilia la sentaba sobre el mostrador de vidrio y le enseñaba a leer entre cliente y cliente; la mudanza abrupta a la casa del otro lado de la familia, construida a pulso por el abuelo, con su tía Dora, su hermano en la cuna, las radionovelas de la mañana, los jueves de mercado y una abuela Ángeles a la que aprende a temer y a resistir. Por otro, la historia de los padres de Vati: Wilhelm, hijo no reconocido de un industrial de Charlottenburg, que deja el Hamburgo de la hiperinflación para administrar una oficina de tabaco en Cuba; y Edith —que en la isla elige llamarse Carmen—, joven judía alemana, esgrimista de florete y amazona, que abandona el alemán para reinventarse en español.
La Habana de la bonanza azucarera aparece como territorio neutral y luminoso donde dos culturas y dos clases pueden encontrarse, y donde un noviazgo nace entre asaltos de esgrima. Pero el relato deja ver, en el horizonte, lo que vendrá: el sueño olímpico truncado, el endurecimiento de Europa y, más tarde, una deportación desde El Salvador por el solo hecho del origen alemán, con un niño de doce años cruzando el Atlántico en un barco de canje de prisioneros. Esa fecha grabada en el interior de una argolla es, para la narradora, la prueba tangible de una vida de novela que solo conoció por susurros y trazos sueltos.
La obra avanza así entre la crónica familiar y la memoria sensorial —perfumes, telas, olores de mercado, el frío de un mostrador— y sostiene una convicción que la propia voz enuncia: que un padre existe a través de los ojos de su hija, y que ninguno de los dos existe sin el otro. Lo robado no se recupera; lo que se recupera es el relato.
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