En un rancho ganadero del condado, la hija de la cocinera y el heredero de la familia empiezan a compartir escapadas que ninguno de los dos debería permitirse.
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En un rancho ganadero del condado, la hija de la cocinera y el heredero de la familia empiezan a compartir escapadas que ninguno de los dos debería permitirse. Ella tiene diecisiete años y una libreta amarilla donde escribe lo que no se atreve a decir; él tiene veinticinco, un deportivo negro y la costumbre de huir de la casa que lo vio crecer. Entre ellos se interponen la distancia de edad, la línea invisible que separa el servicio de los señores, y una madrastra que vigila cada gesto. "Atardecer contigo" es una novela romántica sobre el deseo que crece en los márgenes de una casa llena de jerarquías, y sobre el momento exacto en que un secreto compartido deja de ser inocente.
Cory Hamilton conduce al aeropuerto para recoger a su hermano mayor, Ray, que vuelve de varias semanas por Europa. El reencuentro es cálido, pero también es el regreso a algo que ninguno de los dos soporta: el rancho familiar, un imperio ganadero levantado por su abuelo y ahora gobernado, de puertas adentro, por Rosalyn, la mujer con la que su padre se casó cinco años antes. Rosalyn organiza fiestas para “no perder contactos”, humilla a su propia hija por comer chocolate y trata a la servidumbre como mobiliario. Su hija Jennifer, reina del instituto, ha convertido a Ray en su último capricho y a Dana, la hermana pequeña de los Hamilton, en su blanco favorito. Los hermanos mayores pueden marcharse; Dana no.
En el aparcamiento del aeropuerto espera Valerie, la hija de Carmen, la cocinera. Ray recuerda a una niña desgarbada de trece años que lo seguía como un perrito faldero; encuentra a una joven de diecisiete, bronceada, pecosa, de enormes ojos color miel. La reacción de su propio cuerpo lo desconcierta y lo irrita, y pasa el trayecto de vuelta espiándola por el retrovisor mientras se recrimina por hacerlo.
Lo que sigue es una sucesión de encuentros que ninguno de los dos planea del todo. Un desayuno temprano en la cocina, ella en camisón y muerta de vergüenza, interrumpido por Rosalyn, que ordena que la chica no merodee por la casa. Una escapada furtiva a Fort Collins, con música country a todo volumen, donde Ray le paga a Valerie sus primeras clases de equitación y se ríe de sus dos caídas. Y después, un refugio compartido: los viejos establos que nadie visita desde el accidente en que murió la madre de Ray, y una casa de adobe sin tejado junto al riachuelo, donde Valerie lee novelas y escribe en su libreta amarilla lo que no le ha confesado a nadie.
Allí discuten sobre lo único que los separa más que los años. Ella defiende que el amor verdadero dura toda la vida, como el de su madre por el padre que murió cuando Valerie tenía siete años, y que un beso es apenas una reacción física sin importancia. Él le responde que juzga demasiado a la ligera lo que el cuerpo siente, mientras intenta no pensar en sus labios. Una tarde de tormenta, corriendo bajo la lluvia hasta la única habitación con tejado, la discusión se resuelve sola: Ray la besa, y se aparta espantado de sí mismo. Diecisiete y veinticinco. Se marcha por el sendero sin mirar atrás, y ella lo observa irse desde la ventana con el corazón desbocado.
Pero Ray se había prometido no volver a buscarla, y ya ha roto esa promesa una vez. Con Jennifer acechando, Rosalyn vigilando y Dana a punto de regresar de París, el verano en el rancho Hamilton avanza hacia el punto en que un secreto tan mal guardado tendrá que decidir qué es: un error del que huir, o algo por lo que valga la pena quedarse.
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