En las aguas del golfo de Omán, un joven teniente iraní ejecuta en silencio un plan largamente madurado: convertir el submarino en el que sirve en una nave sin tripulación viva.
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En las aguas del golfo de Omán, un joven teniente iraní ejecuta en silencio un plan largamente madurado: convertir el submarino en el que sirve en una nave sin tripulación viva. A pocas millas de allí, en el puerto de Masqat, un yate zarpa en la noche con un puñado de hombres y una mujer a los que une menos la lealtad que la ambición, bajo el mando de un capitán manco que lleva meses calculando el encuentro. Thomas H. Block abre así un thriller de tensión sostenida sobre una conspiración que empieza bajo el mar y no piensa quedarse en él.
El Sharaf, un viejo submarino diésel-eléctrico de origen norteamericano heredado de un régimen ya extinto, patrulla a dieciocho metros de profundidad rumbo al mar de Arabia. La misión es rutinaria: veintisiete días de vigilancia tras dejar atrás el estrecho de Ormuz. Dentro del casco, sin embargo, la rutina es solo la superficie de otra cosa. El teniente Hamed Ammar lleva meses midiendo el tiempo con la exactitud de quien sabe que solo tendrá una oportunidad, y ese día, mientras conversa con su compañero de camarote sobre el clima político de un país que él sigue llamando Persia, comprende que no habrá aliados a bordo. La conversación es también una prueba, y su amigo la suspende sin saberlo.
Lo que sigue está narrado con una frialdad casi técnica: válvulas, manómetros falseados, un sistema de ventilación que distribuye lo invisible con la misma eficiencia con que reparte aire. Block recorre el submarino compartimento por compartimento —el cuarto de torpedos, la sala de control, las salas de máquinas, la cámara de salvamento— y le concede a cada hombre el instante exacto en que entiende lo que ocurre y descubre que ese entendimiento no le sirve de nada. El capitán Jaffar diagnostica mal y sabe que diagnostica mal. Un maquinista descifra el sabotaje segundos antes de que deje de importar. Es una secuencia construida sobre un mecanismo simple y sin retorno, y su efecto no depende de la sorpresa sino de la precisión.
Mientras tanto, en el espigón norte de Masqat, entre almacenes en ruinas y olor a pescado podrido, otra pieza de la misma operación se pone en marcha. Clifton Harrison —treinta y tres años, barba reciente, un pasado de vendedor de bonos municipales en Manhattan y un detective de Greenwich que llegó tarde a la verdad— trae la confirmación telefónica que todos esperaban. Ned Pierce vigila el muelle con el gatillo fácil. Olga Rodríguez espera en cubierta, impaciente. Y sobre el puente volante de un yate, inclinado sobre sus cartas de navegación, Jerome Zindell comprueba con su único brazo que el submarino avanza exactamente según lo previsto.
Dos escenarios, un mismo reloj. Novela de intriga marítima escrita por un autor con oficio de piloto y afición por los procedimientos verificables, esta historia arranca con un secuestro que exige matar a setenta y tres hombres antes de empezar de verdad, y deja planteada desde su primer capítulo la pregunta que la sostiene: para qué quiere un hombre como Zindell un submarino vacío, y qué precio pagará quien se cruce en la trayectoria de ese plan.
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