Red llega a Nueva York con el corazón en ruinas y una idea desesperada: presentarse de madrugada en la torre de cristal de Dominic Blackwood, el CEO más temido de la ciudad, y ofrecerle un trato.
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Red llega a Nueva York con el corazón en ruinas y una idea desesperada: presentarse de madrugada en la torre de cristal de Dominic Blackwood, el CEO más temido de la ciudad, y ofrecerle un trato. Él necesita una novia de cara a la galería; ella necesita el dinero para sostener a su familia y volver a empezar. Firman un contrato con cláusulas, límites y una regla que Red impone sin explicar del todo: nada de contacto físico. Lo que sigue es la lenta erosión de esa cláusula, y el descubrimiento de que ninguno de los dos llegó a ese despacho por casualidad.
«Atormentados», de Paula Rojas García, es una novela romántica contemporánea narrada en primera persona por Red, una joven que se ha alejado de su casa y de su familia para escapar de lo que todos allí saben de ella. Trabaja en una librería, estudia, sobrevive. Y una noche de lluvia, empujada por una mezcla de agotamiento y coraje, cruza las puertas de la empresa de Dominic Blackwood para proponerle un acuerdo que a ella le resuelve la vida y a él le resuelve la imagen.
El contrato es explícito: Red se muda a la mansión, aprende etiqueta, conoce a la familia, sostiene la ficción en público. A cambio, cobra. Ella añade su propia condición —solo la mano o la cintura, nada más—, y esa frase, dicha con la mirada desviada, es la primera grieta por la que el lector entra en su historia. Porque Red no rechaza el contacto por capricho: arrastra el recuerdo de Alfred, un exnovio que forzó los límites de su cuerpo y luego insistió en que no había sido para tanto. Las pesadillas se repiten cada noche, y la novela no las esquiva.
La convivencia despliega el segundo registro del libro, más luminoso: Iby, la hermana de Dominic, que interroga a Red a una velocidad imposible; los libros firmados que ella se niega a dejar atrás; los baños calientes; la música a todo volumen en el coche; un jardín botánico donde Red explica por qué las rosas —Afrodita, sus espinas, un dolor por cada amor— le parecen un autorretrato. Dominic, seco y contenido, apenas sonríe, pero empieza a llamarla Rojita, y ese apodo hace más trabajo narrativo que muchas declaraciones.
La aparición de Alfred en plena calle rompe el equilibrio y obliga a Red a decir en voz alta lo que nunca había dicho. A partir de ahí la ficción del contrato se vuelve incómoda por lo cierta: las caricias de Dominic dejan de repugnarle, las espinas empiezan a caerse y a Red le inquieta no saber si eso la protege o la desarma. Al mismo tiempo intuye que él también carga algo —una distancia rara con sus padres, una fachada demasiado bien construida— y espera el momento en que los dos puedan sincerarse.
Ese momento llega por accidente, con unos papeles caídos de un escritorio: un informe con su nombre y su vida entera detallada. La revelación reordena todo lo anterior y plantea la pregunta que sostiene el tramo final del libro: qué hacer cuando la persona que te devolvió la calma es también la que orquestó el encuentro. Con una voz joven, confesional y deliberadamente imperfecta —dedicada por la autora a quienes no ven la luz al final del túnel—, «Atormentados» alterna la comedia de la farsa romántica con un relato honesto sobre consentimiento, secuelas y la lentitud con que se recupera la confianza.
Nota para el lector: la novela aborda de forma directa una agresión sexual pasada, el acoso de un exnovio y episodios de ansiedad.