En un departamento cerca del Paseo de la Reforma, un matrimonio de veinticinco años se sostiene sobre llamadas sin responder, interrogatorios nocturnos y silencios que pesan más que los gritos.
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En un departamento cerca del Paseo de la Reforma, un matrimonio de veinticinco años se sostiene sobre llamadas sin responder, interrogatorios nocturnos y silencios que pesan más que los gritos. Gabriela vigila cada paso de Gerardo; él cuenta las horas que lo separan de la puerta. Cuando una terapeuta les pide escribir por qué quedarse y por qué irse, las dos hojas revelan un desequilibrio que ya nadie puede disimular.
Ciudad de México, entre Reforma, la Roma y la Condesa. Gerardo dirige el área de ventas de una empresa de tecnología para la construcción y afina el proyecto que podría coronar quince años de carrera. Gabriela, su esposa desde hace veinticinco, dejó su oficio para dedicarse a él y hoy mide el mundo por la cantidad de llamadas que él responde. Lo que en los primeros años pareció entrega se ha vuelto un cerco: horarios, preguntas encadenadas, escenas ante vecinos, meseras y secretarias.
La novela alterna los dos puntos de vista sin repartir culpas fáciles. En el de Gabriela pesa una infancia de puertas que se cierran: un padre ausente desde el origen, una madre que sostuvo sola lo que pudo, dos hombres que ocuparon un lugar paterno y se fueron —uno por decisión, otro por muerte— y la certeza aprendida de que solo el control evita el abandono. En el de Gerardo pesan un padre exigente, una madre callada, hermanos que emigraron y una casa donde hay una habitación cerrada que él supone un cuarto de trebejos y que ella arregló para el hijo que nunca llegó.
El intento de reparación llega en forma de terapia. Una psicóloga de consultorio impecable y oficio largo los escucha juntos y por separado, aplica pruebas y les deja una tarea sencilla y demoledora: enumerar los motivos para quedarse y los motivos para irse. Gabriela llena páginas de razones para permanecer y no encuentra ninguna para salir; Gerardo apenas reúne costumbre, lástima y miedo, y resume su deseo en una sola palabra: libertad. Mientras tanto sostiene, en una mesa de la Condesa, la amistad discreta que le devuelve algo de aire y que su mujer imagina como la prueba de todo lo que teme.
Cuando la terapeuta sugiere una valoración psiquiátrica, la calma de Gabriela dura lo que el trayecto de vuelta a casa. Su negativa, dicha sin gritos y con la mirada perdida, instala en Gerardo un miedo distinto: el de averiguar hasta dónde puede llegar alguien que no concibe una vida sin él. De prosa directa y diálogo cotidiano, el relato retrata el matrimonio como territorio doméstico donde el amor, la dependencia y el desgaste se confunden, y donde pedir ayuda puede ser tanto una salida como el punto exacto en que todo empieza a precipitarse.