Bruselas, 1935: una niña de seis años ve a su padre alejarse con una maleta sin volver la vista atrás. Esa grieta la acompañará siempre. Nueve años después, en la Arnhem ocupada, la misma niña se llama Edda, baila con zapatillas de fieltro…
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Bruselas, 1935: una niña de seis años ve a su padre alejarse con una maleta sin volver la vista atrás. Esa grieta la acompañará siempre. Nueve años después, en la Arnhem ocupada, la misma niña se llama Edda, baila con zapatillas de fieltro y lleva mensajes de la resistencia escondidos en los zapatos. Esta novela reconstruye la adolescencia de Audrey Hepburn entre el hambre, el miedo y un sueño obstinado: el ballet como única forma de libertad.
Todo empieza con una puerta que se cierra. Escondida en el armario del cuarto de los niños, Audrey escucha a sus padres discutir por dinero, por una fortuna dilapidada y por la simpatía creciente de su padre hacia el nacionalsocialismo. Cuando él baja las escaleras con una maleta en la mano, la niña grita desde la ventana; el hombre se gira apenas, con los ojos fríos, y sigue su camino. De esa escena de mayo de 1935 nace el hilo emocional que atraviesa todo el libro: la certeza temprana de no haber sido suficientemente querida.
La historia salta luego a 1944. Holanda lleva cuatro años ocupada y Audrey, refugiada con su madre en la vieja finca de los abuelos en Arnhem, responde en público al nombre de Edda: llamarse Audrey resulta demasiado inglés, demasiado peligroso. En la sala de ballet del conservatorio, madame Marova corrige posturas mientras los aviones hacen vibrar los cristales y las alumnas, cada vez menos y cada vez más delgadas, ensayan con medias zurcidas y zapatillas remendadas. El ballet es lo único que sostiene a esa adolescente: un mundo de tutús blancos y aplausos imaginarios donde el hambre no existe.
Fuera del estudio, la guerra impone tareas concretas. Un hermano trabaja forzado en Alemania y de él no llegan noticias; el otro se esconde con la resistencia. Audrey pedalea entre granjas con notas dobladas dentro de los zapatos, convencida de que nadie sospecha de una chica de quince años que parece salir a pasear. Con su madre cose zapatillas de fieltro para las funciones negras: representaciones clandestinas en sótanos oscurecidos, bailadas en silencio absoluto, sin un solo aplauso, con una lata de donativos a la salida para financiar a la resistencia.
Después llega el invierno del hambre: una patata deshecha en agua para dos días, bulbos de tulipán, vecinos que entierran a sus hijos y una clase de ballet cancelada porque las niñas ya no pueden sostenerse en pie. La novela narra esos meses sin épica ni adorno, atenta a los gestos pequeños —una madre incapaz de elogiar, un abuelo que sí sabe hacerlo, un mono de peluche cada vez más pelado— y al modo en que una vocación puede volverse forma de supervivencia. El retrato de la mujer que sería Audrey Hepburn empieza aquí, cuando todavía se llamaba Edda y no tenía nada.
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