Este ensayo reconstruye el largo ciclo político argentino abierto en 1955 con la caída de Perón, cuando el intento de restaurar la democracia parlamentaria quedó atrapado en la proscripción del peronismo.
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Este ensayo reconstruye el largo ciclo político argentino abierto en 1955 con la caída de Perón, cuando el intento de restaurar la democracia parlamentaria quedó atrapado en la proscripción del peronismo. El autor muestra cómo esa exclusión fracturó la relación entre la sociedad y las instituciones, alimentando un sistema político dual en el que coexistieron mecanismos parlamentarios y formas de acción extrainstitucional. A partir de ahí examina el realineamiento del antiperonismo en tres corrientes —populismo reformista, desarrollismo y liberalismo— y la consolidación de un movimiento sindical peronista que, desplazado del poder, desarrolló una estrategia opositora propia y una capacidad de desgaste que terminó erosionando a gobiernos civiles y militares por igual.
El libro se presenta en una edición revisada que suma un tercer capítulo, escrito años después de los dos originales, centrado en el agotamiento de la matriz estado-céntrica argentina; el autor explica en el prefacio que optó por conservar intacta la versión de 1983 de los capítulos iniciales pese a que su propia mirada sobre el período había cambiado, y dedica el volumen a dos colegas fallecidos con quienes discutió buena parte de estas ideas. El primer capítulo, ‘El fracaso de la semidemocracia y sus legados’, parte de la insurrección cívico-militar de 1955 que derrocó a Perón y desmontó el vínculo directo entre líder y masas sobre el que se había edificado el peronismo en el poder. Describe cómo los sucesivos intentos de refundar el régimen parlamentario —la Constituyente de 1957, los golpes de 1962 y 1966— fracasaron una y otra vez, mientras la proscripción del peronismo generaba una disyunción de fondo entre la sociedad y la política: el sector popular quedó fuera de toda representación institucional y tuvo que operar mediante huelgas, paros y presión electoral indirecta, en tanto sus adversarios sociales conservaban acceso privilegiado tanto a los canales parlamentarios como a los extrainstitucionales. El texto detalla además una segunda fractura, interna al propio antiperonismo, entre militares cada vez más autoritarios y partidos que seguían necesitando del sistema democrático para justificar su existencia, y reconstruye el realineamiento de tres posiciones económicas rivales —el populismo reformista de raíz radical, el desarrollismo que emergió con la presidencia de Frondizi y el liberalismo, minoritario en votos pero influyente entre sectores empresarios— cuyas alianzas oscilantes marcaron el pulso de la política económica entre 1955 y 1966. La sección final de este capítulo se detiene en la reconfiguración del sindicalismo peronista tras 1955: privado del respaldo estatal directo y de buena parte de la conducción de Perón, el movimiento obrero ganó autonomía, articuló una estrategia defensiva construida en torno al mito del retorno a la ‘época de oro’ peronista, y combinó una limitada penetración electoral con un asedio sostenido a los gobiernos de turno, capaz de precipitar caídas de administraciones civiles y de frustrar proyectos militares sin asumir directamente el costo político de la inestabilidad resultante.
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