Un largo poema de John Ashbery dialoga con el autorretrato manierista de Parmigianino pintado sobre una tabla convexa, y a partir de esa imagen deformada construye una reflexión sobre el tiempo, la memoria y los límites de la…
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Un largo poema de John Ashbery dialoga con el autorretrato manierista de Parmigianino pintado sobre una tabla convexa, y a partir de esa imagen deformada construye una reflexión sobre el tiempo, la memoria y los límites de la representación de uno mismo. El volumen incluye además un ensayo crítico de Kevin Power, «Superficies resbaladizas», que sitúa el poema dentro de la Escuela de Nueva York y examina su relación con el manierismo, el arte como proceso y la imposibilidad de fijar un centro estable de sentido.
El eje de esta obra es el célebre poema de John Ashbery inspirado en el «Autorretrato en espejo convexo» que Francesco Mazzola, el Parmigianino, pintó en 1524 sobre una bola de madera tallada para imitar la superficie curva de un espejo de barbero. Ashbery toma como punto de partida la anécdota narrada por Vasari —el joven pintor copiando con «gran arte» cuanto veía reflejado— para desplegar una meditación extensa sobre la mano desproporcionada que avanza hacia el espectador, el rostro que parece flotar entre la cercanía y la retirada, y la extraña sensación de que el cuadro atrapa un alma «tratada humanitariamente, mantenida en suspenso». A partir de esa imagen fija, el poema se mueve en círculos concéntricos: pasa del análisis minucioso de la pintura a digresiones sobre la vida en Nueva York, los amigos que van y vienen, el paso acelerado del tiempo y la dificultad de que cualquier autorretrato —pictórico o verbal— capture algo más que una superficie. Ashbery incorpora citas de Vasari y del historiador del arte Sydney Freedberg, que alternan con su propia voz especulativa, de modo que el poema se convierte en una superposición de reflejos: el de Parmigianino en el espejo, el del cuadro en la crítica, y el del propio poeta en su escritura sobre ambos. El resultado es un texto que avanza por asociación y no por argumento, donde la distorsión óptica del espejo convexo funciona como metáfora de la imposibilidad de una autorrepresentación completa: cuanto más se detalla la superficie, más se aleja el «yo» que se busca retratar. Acompaña al poema el ensayo «Superficies resbaladizas» de Kevin Power, que lo enmarca dentro de la trayectoria de Ashbery —vinculado a Frank O’Hara y a la Escuela de Nueva York— y lo conecta con ideas de John Cage sobre la composición como proceso abierto, con el manierismo como sensibilidad afín a la fragmentación posmoderna, y con la propia poética ashberyana del riesgo, la ambigüedad y el conocimiento común elevado a materia poética. Power detalla también el origen casual del poema, contado por el propio Ashbery: el hallazgo fortuito de un libro de grabados en una librería de Provincetown que después, al buscarla de nuevo, parecía no haber existido nunca, anécdota que ilustra el modo en que la obra entera se construye sobre la fuga constante de aquello que pretende fijar.
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