Una periodista y el pediatra de sus hijos escriben a cuatro manos sobre el vínculo más intenso y menos comentado de la crianza: el que une a madres y padres con el médico de sus chicos.
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Una periodista y el pediatra de sus hijos escriben a cuatro manos sobre el vínculo más intenso y menos comentado de la crianza: el que une a madres y padres con el médico de sus chicos. Entre salas de espera sobrecalefaccionadas, mensajes a deshora y preguntas que nadie se anima a formular en voz alta, el libro arma un catálogo humorístico de pediatras y de progenitores, y celebra esa alianza cotidiana que va del susto a la calma.
Ingrid Beck, periodista y autora de una serie de guías sobre maternidad, y Alejandro Fainboim, el pediatra de sus hijos, se reparten la voz en un libro que nace de un lugar reconocible: el consultorio, la sala de espera, el llamado a deshora. Beck confiesa que aceptó el proyecto con una ambición secreta —tener línea directa con el médico amparada en la excusa de que “estamos escribiendo un libro”—; Fainboim explica por qué la pediatría se completa recién cuando uno tiene hijos propios, y por qué conviene tomarse en serio a los chicos y en broma a los grandes.
Sobre esa doble mirada se levanta el argumento central: el pediatra es hoy lo más parecido que queda a aquel médico de familia que atendía a domicilio, tomaba un café mientras diagnosticaba la varicela y jamás apagaba el teléfono. Solo que ahora la relación se juega en mensajes de texto, correos, redes sociales y consultas al pasar. Un vínculo que no es de parentesco ni de amistad, pero resulta igual de intenso, y que obliga a aprender la diferencia entre aprovechar a un profesional y exprimirlo hasta agotarle la paciencia.
El corazón del libro es una tipología cómica y afilada, trazada en dos direcciones. Primero desfilan los pediatras: el que no soporta a los chicos, el profesor que convierte cualquier control en clase magistral, el confianzudo de “mamita” y “papito”, el distante que solo le habla al paciente, el criticón que desautoriza a todo colega, el que sueña con llegar a la televisión, el que se disfraza para desactivar el miedo al guardapolvo blanco, el veterano de sordera selectiva, el recién recibido que consulta a escondidas, y quienes hacen guardia en la clínica o recorren casas de madrugada. Después llega el turno de madres y padres, encabezado por quien pregunta, repregunta y parece buscar contradicciones para confirmar que hace bien en dudar.
El tono es deliberadamente humorístico y el propio libro advierte que hay ficción en cada retrato. Pero debajo del chiste hay observación clínica y afectiva: la demanda oculta detrás de una consulta por un catarro, el pasaje veloz del miedo a la confianza y la sospecha, formulada como broma y sostenida como diagnóstico, de que cada familia termina con el pediatra que le corresponde y cada pediatra, con la familia que supo conseguir.
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