En un Tatooine barrido por el viento y el polvo, dos adolescentes salen a divertirse con su saltacielos y terminan varados en el fondo de un cañón.
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En un Tatooine barrido por el viento y el polvo, dos adolescentes salen a divertirse con su saltacielos y terminan varados en el fondo de un cañón. Entre chatarreros jawas, nómadas del desierto y una bestia que ruge en la oscuridad, la noche se convierte en una prueba de ingenio y aguante. La aparición de un desconocido encapuchado, capaz de calmar a un depredador con un simple gesto, transforma un accidente en el primer atisbo de algo mucho más grande. Un relato breve de iniciación, escrito con la claridad de un cuento ilustrado.
La historia se abre con una galaxia bajo el dominio de un imperio y una rebelión que apenas resiste, pero el foco se estrecha enseguida hasta un mundo desértico y remoto donde el conflicto suena lejano. Allí vive un adolescente que reparte sus días entre las tareas de una granja de humedad y el afecto por los tíos que lo criaron. Quiere a su familia, pero la rutina de recolectar agua del aire le queda estrecha: lo que de verdad ansía es aventura, y la ocasión llega en forma de una escapada con un amigo a una zona apartada de rocas y desfiladeros.
El paseo en saltacielos empieza como pura euforia —velocidad, arena levantada, gritos por encima del viento— y termina de golpe contra un muro de piedra. Nadie resulta malherido, pero el vehículo queda destrozado y los dos chicos se encuentran a la intemperie, sin transporte y con la luz cayendo. A partir de ahí, el relato avanza por una sucesión de amenazas cada vez mayores: primero unos chatarreros diminutos y tenaces que rondan los restos del aparato como si fueran botín; después una partida de nómadas armados que descienden de sus monturas peludas y registran el lugar mientras los protagonistas contienen la respiración detrás de una roca; por último, ya de noche, el rugido de un depredador legendario que se acerca por el fondo del cañón y les corta la única salida.
En ese punto de máxima tensión aparece una figura envuelta en una túnica con capucha. Sin armas ni amenazas, con un ademán sereno, hace retroceder a la bestia y la devuelve a la oscuridad. El hombre se presenta con un nombre sencillo, dice vivir en unos páramos cercanos y, en lugar de explicar lo ocurrido, aconseja dormir: al día siguiente toca caminar. El regreso a casa se hace con la misma calma extraña —el desconocido convence a un gran animal salvaje para que los lleve— y culmina en un detalle que el protagonista percibe casi sin entenderlo: su tío parece reconocer al recién llegado, aunque nadie diga nada al respecto.
El desenlace es deliberadamente discreto. El extraño se marcha tan rápido como llegó y desaparece en el paisaje, sin despedida ni explicaciones. Días después, mientras el muchacho repara el vehículo accidentado con las manos manchadas de grasa, vuelve a pensar en él y siente algo difícil de nombrar: la impresión de ser observado, de que esa presencia no se ha ido del todo. Sin necesidad de anunciar nada, el texto deja instalada la intuición de que la vida del protagonista acaba de cruzarse con la de alguien que sabe más de lo que cuenta.
El estilo es transparente y de frase corta, pensado para lectores jóvenes o para lectura compartida en voz alta: escenas breves, diálogos funcionales, mucha acción visual y un ritmo que encadena sustos y alivios sin detenerse en explicaciones. La ambientación —arena, cañones, criaturas de carga, chatarra reciclada— hace el trabajo pesado, y el episodio funciona a la vez como aventura autónoma y como estampa temprana de un personaje que todavía no sabe qué lo espera. La edición consultada incluye, además, una nota inicial en la que un colectivo aficionado explica que la traducción, revisión y maquetación son un trabajo amateur y sin ánimo de lucro.
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