Aventuras de Harold Smith reúne medio centenar de relatos breves protagonizados por un detective privado londinense que se toma a sí mismo muy en serio y por Diógenes, el ayudante adolescente que narra —y desmonta— sus hazañas.
Descargar
Aventuras de Harold Smith reúne medio centenar de relatos breves protagonizados por un detective privado londinense que se toma a sí mismo muy en serio y por Diógenes, el ayudante adolescente que narra —y desmonta— sus hazañas. Entre rubíes robados, fantasmas de castillo escocés, platillos volantes, momias asesinas y crímenes en habitaciones cerradas, el libro recorre con humor los tópicos del policiaco clásico. La ironía del narrador convierte cada deducción brillante en un chiste, y cada caso resuelto en una pequeña victoria del sentido común sobre la pose.
Londres, segunda mitad del siglo XX. Harold Smith se ha proclamado a sí mismo «rey de los detectives» desde un piso modesto del centro que le sirve a la vez de vivienda y de agencia, atestado de novelas policiacas que devora sin descanso para mantener en forma lo que él llama su poderoso cerebro. A su lado, y a su servicio, está Diógenes: un muchacho español de quince o dieciséis años que asegura haber llegado a Inglaterra tras caer dentro de un barco mientras paseaba por el puerto de Barcelona, y que se ha quedado como ayudante porque algo había que hacer. Diógenes es también el cronista de estas aventuras, y ahí reside la gracia del conjunto: quien cuenta la historia no es el genio, sino el testigo que le ve arrastrarse por las alfombras con una lupa prestada.
El volumen se abre con unas biografías de los personajes que funcionan como mapa y como broma privada, remitiendo a los casos donde cada rasgo se explica, y continúa con una sucesión de episodios independientes de título deliberadamente folletinesco. El robo de los rubíes inaugura la serie con un barón, una caja fuerte, una doncella desaparecida y una cofia que asoma de un bolsillo donde no debería estar. El caso del fantasma lleva a la pareja a un castillo escocés de comida vegetariana y tradiciones absurdas. Después llegan espías atómicas, trenes fantasma, contrabandistas de tungsteno, asesinatos en un cohete espacial y toda una galería de crímenes imposibles resueltos con una lógica que casi nunca es la que Harold anuncia en voz alta.
El motor cómico del libro es la distancia entre el detective y su ayudante. Harold reverencia a la aristocracia, desprecia a los políticos, trata a Diógenes de esclavo y jamás admite un error; Diógenes, poco impresionable y muy fantasioso, suele dar con la solución antes que su jefe y se venga escribiendo relatos de misterio imposibles de resolver —el asesino es la propia víctima, o el narrador, o el basurero— con los que Harold debe entrenarse y en los que siempre falla. Alrededor de ambos orbitan Laurence Jameson, superintendente de Scotland Yard y amigo de la infancia que le pasa los casos que su departamento no sabe resolver; el abogado Donald French; la señora Lane, portera del edificio; y su hija Sandra, colegiala tenaz que aspira a ser reportera intrépida y que ha convertido a Harold en su ídolo.
Bajo la parodia late algo menos risueño. Las biografías iniciales adelantan el destino de todos: la agencia que sobrevive al hambre y a la fama, la amistad que dura décadas, la jubilación forzosa del detective en la misma residencia donde una vez detuvo a un psicópata, el matrimonio tardío de Diógenes y Sandra, y una pérdida que empuja al narrador a retirarse del mundo. Esa doble cuerda —la carcajada del caso y la melancolía del epílogo— es lo que distingue al conjunto de un simple pastiche: una despedida afectuosa del género policiaco escrita por alguien que lo conoce lo bastante bien como para reírse de él sin dejar de quererlo.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.