Albert Lozano, exempleado de banca reconvertido en detective privado, resuelve robos, secuestros y asesinatos con ayuda de microdispositivos de vigilancia y técnicas de defensa personal, en una novela que alterna la intriga con una…
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Albert Lozano, exempleado de banca reconvertido en detective privado, resuelve robos, secuestros y asesinatos con ayuda de microdispositivos de vigilancia y técnicas de defensa personal, en una novela que alterna la intriga con una reflexión abierta sobre la igualdad entre hombres y mujeres y la respuesta ante la violencia.
Una mañana lluviosa de abril, la radio despierta a Albert Lozano con la hora exacta y una jornada por delante que él ya ha ritualizado: gimnasio, entrenamiento, defensa personal en la escuela de artes marciales de su amigo Lin Yu, y después el trayecto en coche hasta su despacho de la calle Núñez de Balboa. Nada en esa rutina delata que, dos años antes, este hombre metódico era un administrativo de banco descontento, ni que una herencia inesperada y una indemnización por despido improcedente le permitieron comprar una casa a las afueras de Madrid y montar allí el laboratorio donde desarrolla su verdadera obsesión: dispositivos de vigilancia miniaturizados, las “moscas superespías” que se han convertido en su herramienta de trabajo.
A partir de ese punto de partida, la novela avanza como una sucesión de casos y encuentros. Hay una deuda comercial que descubre una insolvencia solo aparente; un robo en una sucursal bancaria cuyas cifras no cuadran y que obliga al detective a entrevistar a un condenado en un centro penitenciario; un timo frustrado, un secuestro, un asesinato en Ibiza, unas vacaciones que se tuercen y una serie de aventuras en la Costa del Sol. Entre caso y caso, el relato se detiene en lo cotidiano con la misma atención que dedica a la investigación: comidas largas en restaurantes de pueblo, partidas de mus en una taberna de plaza, una noche de bingo en la Gran Vía, reencuentros con la vieja pandilla en un club de copas. Cuando la violencia irrumpe —un atracador con un cuchillo, dos hombres armados en la plaza de España—, llega sin aviso y se resuelve con la misma precisión técnica con que se describe una llave de defensa personal.
Ese contraste sostiene el libro entero. Aldavero Navarro escribe una novela de detectives que no oculta su intención de discutir ideas: la igualdad entre hombres y mujeres entendida como derecho natural y no como concesión, la huella que dejan las agresiones en quienes las sufren, la convicción —expuesta sin rodeos— de que la formación de los agresores y la autodefensa de las posibles víctimas pesan más que los organismos creados para atenderlas. Los personajes discuten estos asuntos de forma desinhibida, con humor y sin solemnidad, y una amiga y compañera del protagonista descubre, al intentar asumir un papel para demostrar su igualdad, que la sensibilidad no es desigualdad sino diferencia de carácter y circunstancia.
Con un narrador en primera persona que observa a la gente como si quisiera leerle el pensamiento y una prosa que se detiene en el detalle práctico —el modelo del coche, el precio de la carrera de taxi, la fachada del ayuntamiento, la mecánica exacta de una patada—, el resultado es un retrato de la España de finales de la década de 2000 vista desde el asiento del conductor de un detective que se toma su oficio, y sus convicciones, muy en serio.
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