Un poeta pobre de Montmartre encuentra un luis de veinte francos en el barro de un bulevar y, en el instante en que lo recoge, su vida entera se convierte en un banquete imaginario.
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Un poeta pobre de Montmartre encuentra un luis de veinte francos en el barro de un bulevar y, en el instante en que lo recoge, su vida entera se convierte en un banquete imaginario. En otro rincón de París, un lord inglés de cincuenta años celebra como el mayor triunfo de su existencia que su nariz —réplica exacta de la de Wellington— se le haya puesto roja para siempre, y huye del médico dispuesto a curársela. De ese cruce de manías nace esta novela de aventuras y sátira, publicada por entregas entre 1901 y 1902, que promete llevar a un francés, un inglés y un alemán hasta el siglo XXIX.
«Nada es más verdad que lo inverosímil», anuncia la primera línea, y con esa divisa arranca una comedia de caracteres que toma París como escenario y el porvenir como destino.
Juan Patteslongues es un poeta ilustre y desconocido: dos adjetivos que, en su caso, significan hambre. Baja una noche desde las alturas de Montmartre hacia los bulevares, rumiando tristezas, cuando tropieza con una moneda de oro medio hundida en el lodo. La duda dura un segundo; la fortuna, un capítulo entero. Con el luis escondido en la badana de su sombrero abollado —los bolsillos, todos rotos, no merecen confianza—, el bohemio recorre la ciudad convertido en millonario imaginario: se ve dueño de un palco en la Ópera, calcula libreas y guarniciones para el carruaje que aún no tiene, lee el menú del Gran Hotel como quien lee un poema y desprecia sucesivamente cada restaurante por insuficientemente distinguido. El paseo despierta el recuerdo de la única cena cara de su vida, cuando unos jóvenes españoles lo adoptaron por curiosidad y lo llevaron a un local de lujo, donde el champaña lo transformó en Vercingetórix desafiando a un César que resultó ser el maître. Al final, la venganza que elige es modesta y exacta: cenar cualquier cosa entre sus colegas famélicos y dejar brillar el oro sobre el mantel.
El segundo capítulo cruza el Canal sin salir de París. Lord Mirliton Cotton ha viajado por medio mundo sin que ninguna mujer —rubia, morena, italiana, rusa, india— le alterase el pulso; solo una vez se conmovió, en el Rin, ante una muchacha cuyo perfil le recordó al de su yegua Baby, cuyo casco conserva convertido en tintero. Su dicha llega tarde y por vía inesperada: una mañana descubre que su descomunal nariz, orgullo hereditario por su parecido con la de Wellington, ha adquirido un color púrpura definitivo. El médico que consulta diagnostica un caso glorioso y promete curación rápida; el lord paga quinientos francos, agradece la noticia de que el mal puede volverse incurable y escapa escaleras abajo perseguido por el sabio, que no piensa renunciar a semejante monografía. Esa misma tarde, en el pabellón de Armenonville, una desconocida con perrillo negro y apellido impronunciable —la princesa Zafasnoïa-Jourielwskaia-Peterpoff, ausente de todos los almanaques nobiliarios que el inglés conoce de memoria— se ríe de él y lo deja enamorado por primera y última vez.
Dos hombres, dos obsesiones y un París de kioscos, fiacres, automóviles Panhard, cafés llenos de extranjeros y escaparates de cambista vigilados por la policía. La novela avanza por acumulación de manías, con un humor que se ríe por igual del bohemio que confunde el ajenjo con la epopeya y del aristócrata que confunde una dermatosis con la gloria, y que de paso retrata a marselleses vociferantes, ingleses aburridos y españoles de frac. El título deja abierta la promesa mayor: al francés y al inglés habrá de sumarse un alemán, y a los tres los espera un viaje cuyo término no está en ninguna ciudad del mapa, sino en el siglo XXIX.
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