Un recorrido por la vida y el pensamiento de Averroes (Córdoba, 1126), el filósofo andalusí a quien la Europa medieval llamó «el Comentarista» y que sostuvo, contra el oscurantismo de su tiempo, que fe y razón no son caminos rivales sino…
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Un recorrido por la vida y el pensamiento de Averroes (Córdoba, 1126), el filósofo andalusí a quien la Europa medieval llamó «el Comentarista» y que sostuvo, contra el oscurantismo de su tiempo, que fe y razón no son caminos rivales sino un mismo camino recorrido con dos lenguajes distintos. El libro reconstruye su formación como jurista, médico y astrónomo, su ascenso en la corte almohade y la herencia que dejó en la filosofía cristiana medieval y renacentista.
Cuando los pensadores cristianos de la Baja Edad Media escribían «el Filósofo», se referían a Aristóteles; cuando escribían «el Comentarista», hablaban de un cordobés nacido en 1126 en el seno de una familia de juristas, los Banu Rushd. Este libro devuelve a Averroes al lugar que le corresponde en la historia intelectual de Occidente: no como nota al pie de la recepción de Aristóteles, sino como la vía por la que el pensamiento del Estagirita entró en las universidades europeas, traducido al latín desde sus comentarios.
La obra parte de una tesis que su protagonista defendió durante toda su vida y que le costó el destierro: la filosofía y la religión no ofrecen dos verdades enfrentadas, sino una sola verdad expresada en dos lenguajes: el técnico, reservado a los versados, y el del texto revelado, compuesto en un estilo sencillo y accesible para toda clase de mentes. De ahí se sigue una consecuencia que incomodó a los dirigentes del califato almohade, régimen nacido para custodiar una lectura integrista del islam: rechazar los instrumentos racionales sería despreciar a la divinidad que los otorgó. Averroes sufrió acusaciones de ateísmo e interpretaciones capciosas de sus escritos; su prestigio, sin embargo, lo salvó del destino que siglos después alcanzaría a Miguel Servet o Giordano Bruno.
El relato se organiza en cuatro tramos. El primero sitúa al personaje en su mundo: el al-Ándalus que va del esplendor del califato omeya a la fragmentación de las taifas y a las sucesivas llegadas de almorávides y almohades desde el norte de África; la magistratura de cadí que ejercieron su abuelo y su padre; y la constelación de maestros e influencias que lo formaron —Ibn Hazm, Avicena, Avempace, Ibn Tufayl—, una tradición especulativa brillante cuya cima, no cuya excepción, fue él mismo. El segundo aborda su método: un empirismo heredado de Aristóteles, atento a la observación de los fenómenos, que lo llevó a escribir sobre el clima, la anatomía, la fauna andalusí y las estrellas observadas desde Córdoba y Marrakech, y a sostener que los hallazgos de la física sustentan los principios metafísicos.
El tercer tramo examina su ética: el problema del mal resuelto desde fundamentos teológicos, la defensa de la libertad humana frente al condicionamiento y una concepción de la educación como estimulación gradual de las facultades racionales, complementada por el cuidado del cuerpo. El cuarto entra en su política, la faceta más conservadora de su pensamiento —admite la tutela de la Ley religiosa sobre la ley positiva—, y se cierra con el rastro que dejó en Alberto Magno, Tomás de Aquino (su crítico más lúcido), Marsilio de Padua, Pico della Mirandola y el propio Bruno.
El retrato que emerge no es hagiográfico. Junto a la sed insaciable de saber, el desapego por los honores y una defensa de las capacidades intelectuales de la mujer sorprendente para su época, el libro consigna también los límites de su llamada tolerancia: defendió la guerra santa, como los reinos cristianos del norte defendieron la cruzada, y creyó en la bondad de un Estado inspirado por el islam. Averroes fue producto de una sociedad próspera y culta en la que anidaban a la vez el fanatismo religioso y la corrupción política, y a la que combatió y engrandeció con la única arma de los filósofos: el cálamo.