En la pequeña localidad fluvial de Fort Repose, Florida, un antiguo oficial devenido en abogado retirado de la vida pública recibe un telegrama de su hermano, destinado en el cuartel general del Comando Aéreo Estratégico, con una frase en…
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En la pequeña localidad fluvial de Fort Repose, Florida, un antiguo oficial devenido en abogado retirado de la vida pública recibe un telegrama de su hermano, destinado en el cuartel general del Comando Aéreo Estratégico, con una frase en clave que ambos acordaron años atrás como aviso de que un ataque nuclear era inminente. A partir de ese momento cotidiano —entre vecinos chismosos, jardines de cítricos y rutinas de pueblo— la narración se desliza hacia la pregunta de cómo una comunidad ordinaria enfrentaría el colapso repentino del mundo que conocía.
La novela se abre con un prefacio en primera persona en el que el propio narrador recuerda una conversación con un conocido, alarmado por las tensiones internacionales de la Guerra Fría y por la posibilidad de un ataque sorpresa comparable a Pearl Harbor. Esa inquietud, nacida de visitas del autor a bases del Comando Aéreo Estratégico y a un centro de pruebas de proyectiles dirigidos, así como de conversaciones con mandos militares británicos, sirve de bisagra hacia la ficción: la certeza de que, para quien nunca ha sentido de cerca el estruendo de una bomba, el peligro nuclear sigue siendo una abstracción, mientras que para otros —ingleses, alemanes, japoneses— es memoria vivida.
La acción se traslada después a Fort Repose, una ciudad fluvial de Florida Central donde la vida transcurre con la lentitud de las mañanas repetidas: la gerenta de telégrafos que clasifica con discreción los secretos ajenos, los desayunos frente al televisor con las noticias de un nuevo satélite soviético y de una crisis en Oriente Medio, los rituales domésticos de mascotas, jardines y vecinos que se observan unos a otros desde los porches. En ese paisaje aparentemente ajeno a la geopolítica se perfila Randy Bragg, heredero de una vieja familia local, antiguo combatiente y candidato derrotado en unas elecciones estatales, que vive con desahogo pero sin rumbo claro en la casa familiar junto al río.
El equilibrio se quiebra con la llegada de un telegrama firmado por Mark, el hermano mayor de Randy, oficial de inteligencia destinado cerca de Omaha. El mensaje anuncia la llegada inminente de la esposa y los hijos de Mark a Fort Repose y cierra con una frase —tomada de los sermones apocalípticos que ambos hermanos escuchaban de niños en una iglesia local— que habían pactado de antemano como señal privada de que la amenaza de guerra nuclear había dejado de ser hipotética. El relato reconstruye, a través del recuerdo de Randy, la conversación nocturna en la que los dos hermanos, mapa mundial y whisky de por medio, habían discutido con lucidez las razones del rezago estratégico frente a la Unión Soviética, la vulnerabilidad de las grandes bases militares y la fragilidad de cualquier lugar considerado seguro.
Desde ese punto, la obra se perfila como el relato de una comunidad pequeña y sus habitantes concretos —la telegrafista, el predicador, la sirvienta, los vecinos recién llegados del norte— obligados a redefinir, uno por uno, qué significa realmente la seguridad, la vecindad y la supervivencia cuando el orden exterior que daban por descontado empieza a resquebrajarse.