Narrada en primera persona por un caballo, esta obra reconstruye desde dentro la vida de un animal de trabajo en la Inglaterra rural del siglo XIX.
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Narrada en primera persona por un caballo, esta obra reconstruye desde dentro la vida de un animal de trabajo en la Inglaterra rural del siglo XIX. El potro negro que aprende de su madre a no morder ni patear crece hasta convertirse en Azabache, y su relato —hecho de establos, arreos, amos considerados y hombres brutales— convierte cada correa y cada bocado en una lección sobre el trato que damos a quienes dependen de nosotros.
Todo empieza en un prado con una laguna de agua clara, juncos y la sombra de unos árboles. Allí, un potro negro pasa sus primeros años junto a su madre, una yegua vieja y sensata a la que el amo llama «Bonita» aunque su nombre sea Duquesa. De ella recibe la única herencia que importará después: trabajar de buena gana, no morder nunca, no patear ni siquiera jugando y proteger el propio buen nombre estés donde estés. El consejo suena a cortesía doméstica, pero la obra se encarga de demostrar que es, en realidad, una estrategia de supervivencia.
La infancia se quiebra con una cacería. Los perros cruzan los campos tras una liebre, los jinetes saltan el seto y el arroyo, y lo que queda al final no es solo el animal perseguido: un joven muere de una caída y un caballo con la pata rota es sacrificado de un disparo. El potro descubrirá más tarde que aquel caballo, Rob Roy, era su hermano. La escena fija el tono del libro: la violencia rara vez es deliberada, casi siempre es un subproducto de la costumbre, del entretenimiento o del descuido, y el precio lo pagan quienes no pueden explicarse.
Después llega la doma, contada con una minuciosidad casi técnica —el bocado de acero frío, la montura, las cinchas, las herraduras, el collar, las anteojeras, la baticola— y con una ironía contenida: aprender a no tener voluntad propia se presenta como «algo magnífico». Su primer amo lo prepara con paciencia, incluso lo envía dos semanas a un prado junto a las vías para que pierda el miedo a los trenes, y esa previsión lo acompañará el resto de su vida. A los cuatro años cambia de manos y llega al parque de Birtwick, donde recibe el nombre de Azabache y encuentra un establo aireado, una casilla libre, y a John Manly y James Howard, hombres que entienden lo que un caballo siente.
En Birtwick el relato se abre a otras voces. Está Patas Alegres, el pony gordo y bonachón que pasea a las niñas de la casa; están Justicia y el viejo Sir Oliver; y está sobre todo Bravía, la yegua zaina de orejas echadas atrás y fama de morder. Su historia, contada a la sombra del castaño, es el reverso exacto de la de Azabache: separada pronto de su madre, criada sin una palabra amable, sometida por un domador que bebía y que solo quería «una bestia mansa», y luego vendida a Londres para tirar de un carruaje con la rienda tensa que le desgarraba la boca por pura elegancia. Lo que en ella parece vicio resulta ser memoria.
Ese contraste sostiene la obra entera. Sin sermones y sin salirse nunca de lo que un caballo puede ver y entender, el narrador va clasificando a los seres humanos no por su posición sino por su trato: los buenos, los crueles y —los más numerosos y quizá los más dañinos— los vanidosos, ignorantes y descuidados que arruinan animales sin proponérselo. Junto a esa observación moral corre otra, más íntima: la nostalgia de la libertad perdida, la conciencia de que un caballo nunca sabe quién será su próximo dueño y de que todo depende del azar. Es un libro sobre la crianza, sobre la costumbre y sobre la responsabilidad silenciosa de quien tiene las riendas.