Una novela coral sobre la emigración gallega a Cuba en el siglo XIX, contada desde el instante exacto en que un puñado de muchachos deja su aldea para ir a trabajar el azúcar.
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Una novela coral sobre la emigración gallega a Cuba en el siglo XIX, contada desde el instante exacto en que un puñado de muchachos deja su aldea para ir a trabajar el azúcar. Orestes Veiga, su hermano pequeño Pedro, el Tísico, el Rañeta o José el Comido caminan hacia A Coruña por caminos de barro, atravesando ferias, posadas y presagios, mientras detrás quedan madres, viudas sin muerto y una tierra que no da de comer. Escrita en una prosa breve y sensorial, con capítulos como estampas y una voz narradora que se permite escuchar incluso a las mulas de carga, la obra convierte una partida colectiva en un retrato íntimo del hambre, el miedo y el desarraigo.
Todo empieza junto a un cruceiro, con un hombre de la compañía que moja el lápiz en la lengua y marca nombres en una lista. Uno de ellos es Orestes Veiga, un rapaz que sale de casa sin fardo, con lo puesto y con una bolsita de tela en el bolsillo: tierra de la puerta de su casa y un ajo macho contra el mal de ojo. Junto a él se agrupan Amador el Tísico, que aprende a disfrazar la tos de pausa para que nadie lo deje en tierra; Manuel de Trasdelrío; y Juan el Rañeta, un muchacho con la nariz hundida desde una romería que terminó a pedradas y que lleva dos años esperando el momento de cobrarse la afrenta. Todos van al mismo sitio: al azúcar, a Cuba, contratados por una compañía que los mira como quien mira ganado y comenta, entre risas y una bota de vino, que se lleva buen material.
La novela avanza en capítulos cortos, casi estampas, que se abren en abanico para abarcar a quienes se van y a quienes se quedan. Pedro, el hermano pequeño de Orestes, escapa descalzo detrás de la comitiva con Pachín, un perro menudo y leal, y descubre demasiado pronto que quedarse en el lugar del hermano mayor te arranca de ser niño. En Vigo, José el Comido —marcado en la cara por un cerdo cuando era pequeño, con un hijo enterrado hace dos semanas— sube por una tabla estrecha a una barcaza huyendo de una casa vacía y de una mujer, Carmen, que se queda con la tierra muerta y una gata que le trae sus crías como ofrenda. En A Coruña, Rosario se despide de Tomás antes del amanecer, se ata el pañuelo, se ciñe el cuchillo bajo la saya y sale hacia la fábrica de tabacos prometiendo escribir por él, mientras al fondo se levantan las columnas de humo de los muertos por el mal que ha entrado en la ciudad.
El viaje es un camino de agua y barro: leguas de lluvia, caldo y brona en las posadas, pajares compartidos con las caballerías, curas que confunden la bendición con la amenaza, meigas que cobran en huevos, romeros y arrieros que traen noticias de la peste. En la feria de Santiago, un ciego que canta la historia del sacaúntos les da la única lección que llevarán consigo: Cuba no está lejos, son ellos los que están lejos; Galicia es el fin del mundo y el río del olvido queda a su espalda. Nadie contará su historia, les advierte, porque no son legionarios, solo rapaces.
Entre estas voces se cuela una mirada inesperada: la de las mulas de la caravana, testigos que rumian conversaciones, se pasan información por la noche y sienten compasión por los muchachos, porque las bestias de carga son las más piadosas. Ese desplazamiento del punto de vista, junto con los proverbios, los refranes y las oraciones de las lavanderas, da al relato un aliento de coro antiguo, donde lo terrible se dice sin énfasis y lo cotidiano —el hambre, el frío, un hombro que se disloca, un pájaro que cae muerto a los pies— adquiere peso de presagio.
Más que una crónica de la travesía, la obra es el retrato del momento previo: la fractura exacta en la que una vida se parte en dos. Habla del hambre como estado natural, del poder que se respeta más que la fuerza, de la violencia entre iguales, de las mujeres que se quedan a sostener aldeas vacías de hombres y de una promesa —hacerse hombres, hacerse ricos— sostenida sobre el refrán que la propia obra coloca en el umbral: con sangre se hace el azúcar.