Un hombre que asegura conocer la fecha exacta de su propia muerte espiritual —el 15 de febrero de 1990— repasa, ya cerca de los sesenta años, la historia de amor que marcó su juventud en el Madrid de los años ochenta.
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Un hombre que asegura conocer la fecha exacta de su propia muerte espiritual —el 15 de febrero de 1990— repasa, ya cerca de los sesenta años, la historia de amor que marcó su juventud en el Madrid de los años ochenta. Diego, gaditano recién llegado a la capital, encuentra trabajo en la trattoria Vendetta, donde el cocinero napolitano Massimo lo inicia en los secretos de la pasta y donde conoce a Lucía, una camarera de mirada azul a la que apodará 'Azul infinito'. Entre comandas, aprendizajes de cocina italiana y paseos por el Madrid castizo, ambos construyen una relación que el narrador describe como un puzle de piezas infinitas, mientras la sombra de un final anunciado se cierne sobre el relato.
Azul infinito se presenta como las memorias de un narrador que, a las puertas de cumplir sesenta años, decide poner por escrito los hechos que, según afirma, le arrebataron el alma un día concreto: el 15 de febrero de 1990. Desde el prólogo, el libro se plantea como un ajuste de cuentas con el propio pasado, un intento de encontrar alivio antes de que la memoria y el cuerpo terminen de apagarse.
La narración retrocede hasta 1984, cuando Diego, un joven gaditano criado frente al mar de Cádiz, llega a Madrid con un equipaje escaso y un futuro por escribir. Se instala en una modesta pensión de la calle Fuencarral y pronto encuentra trabajo en Vendetta, una trattoria del barrio de La Latina regentada por Massimo, un cocinero napolitano de carácter enérgico que se convierte primero en maestro y después en amigo. A través de largas jornadas en la cocina, Diego aprende el oficio de la pasta —sus formas, sus tiempos, sus salsas— en una relación que combina el humor, la exigencia profesional y una progresiva complicidad.
En ese mismo restaurante conoce a Lucía, una camarera cuya mirada azul lo cautiva desde el primer momento y a la que empezará a llamar ‘Azul’. La novela dedica buena parte de sus primeras partes a narrar el nacimiento de ese amor: las confidencias compartidas, la mudanza a un primer piso conjunto, los paseos por el Retiro, el Museo del Prado o las escapadas a Toledo, Segovia y Aranjuez, y la rutina cómplice construida entre el trabajo en Vendetta y la vida doméstica. El narrador recurre a la imagen del puzle para describir esta etapa: una construcción paciente, hecha de piezas que a veces encajan con facilidad y otras exigen ceder, equivocarse y perdonar.
Paralelamente, el relato explora la amistad con Massimo, sus contrastes de carácter, sus silencios repentinos y los episodios en que ambos jóvenes asumen la responsabilidad de sacar adelante el negocio en su ausencia, una prueba que consolida su confianza mutua. Bajo la superficie luminosa de estos años de descubrimiento, sin embargo, el lector percibe desde el prólogo que algo se quebrará: el propio narrador ha advertido que aquella felicidad tiene fecha de caducidad. Estructurada en un prólogo, seis partes y un epílogo, la obra combina el tono confesional de unas memorias con la evocación sensorial de Cádiz, el aprendizaje minucioso de la cocina italiana y el retrato de un Madrid de los años ochenta, para construir un relato sobre la memoria, la pérdida y los ingredientes —tan frágiles como el amor mismo— de los que está hecha la felicidad.