Pedro Ribera, novelista premiado y en plena sequía creativa, se ha refugiado en una casa aislada de Bétera para escribir el libro que debe a su editor.
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Pedro Ribera, novelista premiado y en plena sequía creativa, se ha refugiado en una casa aislada de Bétera para escribir el libro que debe a su editor. En enero de 2003, una carta certificada lo convoca a la lectura del testamento de Berta Astomi Ferrán, una anciana a la que no conoció y que le lega casi un millón de euros con una condición: novelar su biografía en dos años, a partir de hechos documentados. El encargo, que enfrenta al escritor con el hijo desheredado y con un puñado de legatarios interesados en que fracase, se convierte en la historia que llevaba meses buscando.
Todo empieza con una huida. Pedro Ribera, escritor de prestigio y ganador del Premio Constelación, alquila una casa de piedra a las afueras de Bétera para desaparecer del mundo: la gira promocional de su último éxito lo ha dejado exhausto, su matrimonio se deshizo hace más de un año y la bebida ha vuelto sin pedir permiso. Frente al ventanal que mira al valle de naranjos y a la sierra Calderona, con su perro Áticus por única compañía, ha firmado un contrato y cobrado un anticipo por una novela que no avanza: veinte páginas mediocres en tres semanas y la sospecha, cada vez menos vaga, de que las ideas se le han terminado.
El 10 de enero de 2003 llega un sobre certificado reenviado por su editor. Dentro, dos cartas de una notaría de Valencia: una citación formal a la lectura del testamento de doña Berta Astomi Ferrán, fallecida en noviembre anterior, y una nota manuscrita del notario Rafael Torró que se adelanta a la incredulidad del destinatario. Ribera no ha oído nunca ese nombre; ella, en cambio, había leído toda su obra. La promesa —«la extravagante proposición que encierra el testamento le interesará»— basta para que las siguientes siete jornadas se vuelvan inhabitables.
La lectura reúne alrededor de una mesa redonda a doce partes interesadas, y el capítulo se demora en cada una con la atención de quien ya está tomando notas: el hijo único de la testadora y su abogado, una cuidadora tímida, un jornalero de manos curtidas, dos prelados, una superiora de clausura, una directora general de Cultura, un abogado irónico que apunta datos en un papel doblado. El documento —el décimo que firmó Berta, y el único válido— reparte joyas a una virgen, tres mil libros a las bibliotecas públicas, dinero a parroquias y misiones, tierras a quien las trabaja, y castiga al hijo con una legítima escueta. La cuarta cláusula es la trampa: 901 518,16 euros para Pedro Ribera si, antes del 25 de noviembre de 2004, escribe una novela de al menos doscientas páginas inspirada en la vida de la difunta, documentada con justificantes y entregada ante notario. Los derechos de explotación de esa obra pasarán íntegros al hijo. Si el escritor renuncia, el dinero se reparte entre los demás legatarios.
El mecanismo es de una perfección incómoda. Obliga a un desconocido a exhumar la intimidad de una mujer que murió sola; obliga a un hijo a heredar el relato de su propia familia; y convierte a los demás beneficiarios en interesados en que el libro no se escriba, hasta que el notario les advierte que estorbar tendría el efecto contrario. Ribera sale de la notaría sabiendo dos cosas: que hay un administrador acusado de distraer el patrimonio y un pleito en marcha, y que por fin tiene un tema. La novela que no lograba imaginar acaba de encontrarlo a él.
Narrada en primera persona por el propio escritor, con ironía culta y guiños a Wilkie Collins, a Dickens y a la idea de la ficción como «una gran mentira que acoge muchas verdades», la obra plantea desde su primer capítulo una investigación que es a la vez pesquisa biográfica, ajuste de cuentas familiar y examen de la propia conciencia: qué se debe a los muertos, qué se puede contar de ellos y a qué precio se acepta un encargo que compra, junto con el tiempo del autor, la verdad de otra persona.
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