Diego despierta con resaca sobre una mesa del Reggae Bar de Ko Phi Phi y descubre que alguien lo ha estado buscando: Sandra Estrada, una abogada recién llegada de España cuyo hermano lleva tres meses sin dar señales de vida, salvo por los…
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Diego despierta con resaca sobre una mesa del Reggae Bar de Ko Phi Phi y descubre que alguien lo ha estado buscando: Sandra Estrada, una abogada recién llegada de España cuyo hermano lleva tres meses sin dar señales de vida, salvo por los poemas y proverbios cifrados que sigue publicando en su blog. Él se define como fixer, arregla los problemas de los occidentales que se meten en líos en el sudeste asiático, y buscar personas no entra en su catálogo. Ella no acepta un no por respuesta. Corazón de Jade, primera entrega de la serie Backpackerland de Alex Kross, arranca con una negativa, una apuesta temeraria y un ring de Muay Thai en mitad de un bar de mochileros.
Hay un país que no aparece en los mapas y que, sin embargo, se extiende de la India a Camboya siguiendo la ruta de las mochilas: Backpackerland. Allí el té masala se sirve en Tailandia porque los viajeros lo trajeron de otra frontera, las islas se reconstruyen a golpe de especulación y los turistas suben a un cuadrilátero profesional a cambio de un cubo de whisky. Ese territorio, mitad paraíso y mitad mercado, es la casa y el oficio de Diego.
Diego se gana la vida como fixer. Saca de la cárcel a hijos de familia bien que coquetearon con las drogas, repatría cadáveres de imprudencias que nadie habría cometido en su ciudad de origen, gestiona las denuncias de quienes cayeron en el timo de las gemas, en el de las cartas o en el del encuentro furtivo. Presume de ser el mejor en lo suyo y lo dice con una mezcla de orgullo y desgaste: hay un solo encargo que rechaza siempre, y con el resto le basta el dinero fácil y la certeza de no saber decir que no. También hay una debilidad que arrastra desde hace demasiado tiempo y que la isla alimenta cada tarde, entre puestas de sol, rondas interminables y despertares sin memoria.
Sandra Estrada llega a Ko Phi Phi con falda de tubo y blusa de manga larga, la ropa equivocada para una de las islas más calurosas de Tailandia, y con una única pregunta. Su hermano desapareció hace tres meses. Oficialmente no está desaparecido: es mayor de edad y su blog sigue activo. Pero lo que escribe allí es una maraña de versos y sentencias que su familia no sabe leer, y en la embajada española de Bangkok le han dado un nombre, el de Diego, y una advertencia implícita: si alguien puede descifrar ese rastro, es él.
Diego calcula la magnitud del encargo —millones de kilómetros cuadrados de islas, selvas y ciudades, un rastro de meses— y decide de antemano que la respuesta es no. Le concede a Sandra una cita nocturna en el Reggae Bar solo para ganar tiempo, con la condición de que acepte el veredicto sin escenas. Lo que no calcula es que la abogada tenga su propio plan: una apuesta que se resuelve sobre el tatami, delante de un público enfervorecido, y una técnica de combate que no encaja en absoluto con la idea que él se había hecho de ella.
Alex Kross construye una novela de aventuras contemporánea narrada en primera persona y en presente, con el pulso rápido del thriller y la mirada afilada del cronista. Bajo la trama de búsqueda late un retrato mordaz del turismo global: el paraíso convertido en producto, los resorts como guetos de cinco estrellas, el mito de La Playa devorado por quienes fueron a buscarlo, y ese síndrome del contable que empuja a occidentales aburridos a reinventarse en Asia y, a veces, a perderse en su lado más oscuro. Corazón de Jade abre la serie Backpackerland con un protagonista cínico y culto, una acompañante que se niega a ser subestimada y un mapa cifrado que solo se puede leer viajando.
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