Blake Dawson tenía la vida encarrilada hasta que su prometido no apareció en el altar, delante de cientos de invitados. Con el vestido todavía puesto y una hilera de chupitos por delante, decide que la luna de miel en las Bahamas no tiene…
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Blake Dawson tenía la vida encarrilada hasta que su prometido no apareció en el altar, delante de cientos de invitados. Con el vestido todavía puesto y una hilera de chupitos por delante, decide que la luna de miel en las Bahamas no tiene por qué desperdiciarse. El problema es el acompañante que acaba subiéndose al avión con ella: Hayden, el padrino del novio, fotógrafo, insoportablemente seguro de sí mismo y, hasta donde ella sabe, alguien a quien no le cae nada bien. Quince días de sol, cócteles y aguas turquesas bastarán para descubrir que lo que Blake creía desprecio era otra cosa, y que el desastre más humillante de su vida quizá no fue el final que ella pensaba.
Todo estaba en su sitio: la iglesia, las vidrieras encendidas por el sol, el vestido bohemio, la corona de flores, el padre orgulloso ofreciendo el brazo. Todo menos el novio. Blake Dawson recorre el pasillo hacia un altar vacío mientras los invitados murmuran, y en ese trayecto se le desmonta una vida entera: tres años de relación, un apartamento en Nueva York, la certeza de haber elegido bien. Tyler no llega, no llama y, cuando ella lo intenta, descubre que la ha bloqueado. Las familias, para no desperdiciar el cáterin, deciden que la fiesta se celebre igual. Blake se refugia en el bar del hotel a hacer las cuentas de su humillación en chupitos de tequila.
Allí, entre la barra libre y la deserción bienintencionada de su mejor amiga Tia, aparece la idea: si el billete a las Bahamas ya está pagado, ¿por qué no ir de todos modos? Lo que Blake no recordará a la mañana siguiente es a quién se lo prometió. Hayden —el padrino del novio, fotógrafo, el hombre gracias a quien conoció a Tyler y el mismo que lleva años tratándola con una frialdad que ella interpreta como antipatía— se presenta en la puerta de su habitación de hotel con dos horas de margen para el vuelo y la memoria intacta de un trato que ella no puede desmentir.
La novela alterna las voces de ambos, y ese doble punto de vista es su mecanismo esencial: lo que para Blake es desprecio, para Hayden es una estrategia de años para desactivar un enamoramiento que empezó al otro lado de un objetivo, antes de que su mejor amigo decidiera cortejarla delante de él por puro exceso de ego. La distancia era defensa. El viaje la vuelve insostenible. Y a las contradicciones se les suma una grieta inesperada en la fachada de Hayden: un miedo a volar que lo deja pálido, tembloroso y desarmado en el asiento contiguo, hasta que Blake improvisa la única distracción que se le ocurre y ninguno de los dos sabe muy bien qué hacer con lo que acaba de pasar.
De Nueva York a Nasáu, y de Nasáu a Staniel Cay, la pareja aterriza en un paisaje de aguas imposibles donde el pique constante —la única forma de comunicación que han sabido construir— empieza a sonar cada vez menos a hostilidad. Escrita a cuatro manos por Steff Anye y Livi Dreem, la historia se apoya en un humor de primera persona rápido y autoirónico, con Blake narrando su propio desastre con más filo que autocompasión. Junto a la comedia romántica corre un hilo más serio: Blake trabaja como modelo de partes del cuerpo, un oficio que la sitúa a diario frente a la aritmética implacable de las medidas y los estándares, y su relación con el propio cuerpo —las caderas, el vestido que aprieta, la comparación con la amiga que sí desfila— atraviesa el relato sin convertirse nunca en lección.
Quince días, dos personas que se pasaron años convencidas de detestarse y un destino que ninguno de los dos debería estar pisando juntos. Lo que empieza como venganza contra un billete desperdiciado se convierte en la posibilidad de que el peor día de la vida de Blake haya sido, en realidad, un desvío afortunado.
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