El 1 de enero de 1820, a punto de cumplir cincuenta años, Lucie Dillon decidió contar su vida. Nacida en París en 1770, criada entre la corte de María Antonieta y una casa familiar en guerra, sobrevivió a la Revolución, al exilio en…
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El 1 de enero de 1820, a punto de cumplir cincuenta años, Lucie Dillon decidió contar su vida. Nacida en París en 1770, criada entre la corte de María Antonieta y una casa familiar en guerra, sobrevivió a la Revolución, al exilio en América, a Napoleón y a tres restauraciones. Esta biografía reconstruye su historia a partir de unas memorias célebres y de cuarenta años de cartas inéditas, y con ella el retrato de un mundo que se desmoronaba.
Cuando Lucie-Henriette Dillon nació en el número 91 de la rue du Bac, en febrero de 1770, el barrio de Saint-Germain era lo más moderno de París: mansiones de piedra tras portones pesados, salones donde se cantaba y se discutía la Enciclopedia, jardines que rivalizaban en magnificencia a pocas calles de una ciudad de fango, hedor y niños abandonados en los portales. El libro parte de ese contraste para seguir, a lo largo de más de ocho décadas, la vida de una mujer que estuvo casi siempre donde ocurrían las cosas.
Hija de una familia de aristócratas irlandeses afrancesados, ligada por partida doble a la nobleza y al alto clero, Lucie creció sin verdadera infancia: entre una madre dulce y sometida y una abuela colérica que administraba con mano de hierro el dinero y los afectos de la casa. De esa guerra doméstica aprendió sus primeras armas —la reserva, la discreción, el hábito de observar y de juzgar por sí misma—; de la biblioteca familiar y de un joven profesor de clavicémbalo, un apetito de lectura que ya no la abandonaría.
El relato la acompaña después por Versalles, por el Terror en París y Burdeos, por la huida a América y la granja donde ella y su marido se comprometieron contra la injusticia de la esclavitud, por los años al servicio de Napoleón y Josefina, por Bruselas durante Waterloo y por los primeros días de la unificación italiana. Talleyrand, Wellington, madame de Staël y Lafayette entran y salen de estas páginas; también las tragedias privadas que ella llamó sus «secretos pesares» y que nunca convirtió en queja.
Apoyado en las memorias que Lucie escribió para su hijo y sus nietos, sin intención de publicarlas, y en cuarenta años de correspondencia hasta hoy inédita, el libro restituye a la vez la crónica y la voz: precisa en el detalle —la comida, la ropa, los gestos—, lúcida sobre el funcionamiento del mundo, capaz de reírse de sí misma. No pretende convertirla en una mujer moderna: la devuelve a su tiempo y muestra cómo una moral sencilla y una valentía obstinada bastaron para atravesar el hundimiento de un orden entero y el nacimiento de otro.
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