Drama en cuatro actos escrito por Mijaíl Lérmontov entre 1834 y 1835. Bajo el pretexto festivo de un baile de disfraces, la obra sigue a Eugenio Arbenin, jugador retirado que ha cambiado las mesas de naipes por un matrimonio acomodado y…
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Drama en cuatro actos escrito por Mijaíl Lérmontov entre 1834 y 1835. Bajo el pretexto festivo de un baile de disfraces, la obra sigue a Eugenio Arbenin, jugador retirado que ha cambiado las mesas de naipes por un matrimonio acomodado y que descubre que ni la fortuna ni la calma doméstica han apagado su antigua fiebre. Una noche de azar, una máscara que anuncia desgracia y una pulsera perdida bastan para que la sospecha se instale en su casa. La edición se abre con un ensayo introductorio sobre la vida y la obra del poeta.
La acción arranca lejos del salón de baile: en una mesa de juego, entre apuestas que suben, consejos envenenados y prestamistas que rondan a los perdedores. Allí el joven príncipe Zviezdich acaba de arruinarse y allí reaparece Eugenio Alexandrovich Arbenin, que hace tiempo abandonó los naipes y hoy es hombre rico y casado. Movido menos por generosidad que por la necesidad de sentir otra vez la sangre agitada, Arbenin ocupa el lugar del príncipe, gana y le devuelve el dinero sin aceptar gratitud alguna. La escena lo define de una vez: lucidez fría, desdén por las deudas morales y una calma que sus antiguos compañeros de mesa no creen ni por un momento. “Aunque aparente ser un ángel, sigue llevando el demonio en el alma”, dice de él Kazarin.
De la mesa de juego los dos hombres pasan al baile de máscaras, y con el antifaz entra en la obra su verdadero mecanismo. Entre la multitud, todas las clases se igualan y las máscaras, como observa el propio Arbenin, no tienen alma ni nombre: solo cuerpo. Una desconocida aborda al príncipe, lo retrata sin piedad como hijo de un siglo brillante y miserable, y le concede un encuentro a cambio de silencio absoluto sobre su identidad. Otra máscara se cruza con Arbenin, se niega a descubrirse y le anuncia que esa misma noche le ocurrirá una desgracia. Y una pulsera caída al suelo, recogida al azar y entregada como prenda de recuerdo, se convierte en la prueba material que la sospecha necesitaba. El azar de los naipes cede su sitio a un azar mucho más cruel.
A partir de ese objeto, el carnaval deja de ser adorno y se vuelve trampa. Lérmontov utiliza el marco festivo para retratar a la alta sociedad rusa de su tiempo —el jugador, el usurero, el ocioso, la mujer que arriesga su nombre por unos instantes— y para construir sobre él una tragedia de celos que su prólogo compara con la de Otelo, señalando a la vez la distancia entre ambos: donde el general moro es impulsivo y colérico, Arbenin es culto, escéptico, dueño de sí, y su frialdad calculada esconde un subsuelo volcánico. El desenlace, que el estudio preliminar no oculta, lleva esa lógica hasta el final: la certeza del marido resulta inamovible ante la inocencia de Nina, y el castigo que el autor reserva al culpable no es la ley sino la locura.
El volumen incluye un ensayo biográfico y crítico sobre Lérmontov (1814-1841): la infancia junto a la abuela en Tarján, la elegía por la muerte de Pushkin que le costó el confinamiento en el Cáucaso, el encuentro con Belinski, la escritura de El héroe de nuestro tiempo y El demonio, y la muerte en duelo a los veintisiete años. Ese marco ayuda a leer el drama como lo que es: la obra de un autor de veinticuatro años que ya sabía dar forma a personajes cuya comprensión exige la sabiduría de los grandes dolores.
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