En una Piura de colas universitarias, cebiches compartidos y noches de discoteca, Amelia conoce a Valentino: seis años menor que ella, deslumbrante, culto hasta lo inverosímil y con una reputación de conquistador que todos se encargan de…
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En una Piura de colas universitarias, cebiches compartidos y noches de discoteca, Amelia conoce a Valentino: seis años menor que ella, deslumbrante, culto hasta lo inverosímil y con una reputación de conquistador que todos se encargan de recordarle. Ella, recatada y a punto de terminar la carrera, se promete que aquello no pasará de una amistad. Bajo el eclipse es la crónica de esa promesa rota, narrada desde dentro por una voz que examina cada gesto, cada duda y cada retroceso del enamoramiento.
Amelia tiene veinticuatro años, está a un ciclo de terminar la universidad y ha construido su vida sobre el estudio, la prudencia y una timidez que ella misma reconoce desmedida. Una tarde de febrero, después de matricularse en un nuevo ciclo académico, su amigo Héctor le presenta a su primo en el restaurante familiar donde trabaja. El chico tiene ojos verdes, modales de hombre hecho, conversación de erudito y dieciocho años recién cumplidos: tantos, que necesita sacar su documento de identidad para que ella le crea.
Lo que sigue no es un flechazo, sino una erosión lenta. Valentino habla de Sócrates y de Aristóteles con la misma naturalidad con que canta un huayno o pone a Coldplay; cocina para catedráticos, cuenta desastres amorosos que terminan en caminatas nocturnas de vuelta a casa sin un sol en el bolsillo, y hace reír a Amelia hasta que le duele la espalda. Ella lo observa cuando él no se da cuenta, cataloga sus manías —la mano en la nariz, la timidez corporal que desmiente su labia— y las convierte en un inventario íntimo que la delata. Sabe que es un mujeriego con una lista interminable detrás, sabe que la diferencia de edad la expone, sabe que su corazón ya viene golpeado. Y aun así las llamadas nocturnas se vuelven costumbre, y una salida a bailar termina con los dos demasiado cerca en medio de la pista.
La historia avanza de forma lineal, salpicada de episodios del pasado que Amelia recupera como quien revisa pruebas: la fiesta de Año Nuevo en la que conoció a Héctor, la amistad de cuatro que se reunía en la vereda hasta la medianoche, los rastros de una relación anterior de Valentino con una mujer mucho mayor que parece haberlo educado en todo. Alrededor de la pareja se organiza una resistencia —familia y amigos de él presionando para que abandone el vínculo— que no basta para separarlos, pero que instala en el relato la sensación de que algo terminará por ceder.
El valor de la novela está menos en la trama que en su temperatura interior. Carmen García Peña escribe desde la primera persona de una narradora que no se ahorra el ridículo ni la contradicción, y que analiza su propio deseo con una honestidad incómoda. El resultado es un romance de registro cotidiano y localísimo —el centro de Piura antes de los centros comerciales, la Universidad Nacional, los chicharrones de pescado con orégano— que se atreve a desembocar en un desenlace que no obedece a las reglas de la novela rosa. Amelia lo formula desde el principio, casi como advertencia: se enamoró de la imperfecta perfección de un hombre, y esa clase de belleza rara vez coincide con la que promete quedarse.
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