Un adolescente despierta sobre el césped de su jardín, herido y sin recuerdos, mientras su casa arde y su familia muere dentro. Lo que empieza como un accidente se convierte en una investigación por asesinato múltiple en la que él es, a la…
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Un adolescente despierta sobre el césped de su jardín, herido y sin recuerdos, mientras su casa arde y su familia muere dentro. Lo que empieza como un accidente se convierte en una investigación por asesinato múltiple en la que él es, a la vez, el único testigo y el principal sospechoso. Primera novela de suspense de Sarah Hailey, publicada en 2022, articulada en veintidós capítulos de voz cambiante.
La noche en que arde la villa de los Wraith, Anwir recupera la consciencia boca abajo sobre la hierba helada, con esquirlas de cristal clavadas en las manos y en los pies, la cabeza latiéndole y la ventana de su habitación reventada por encima de él. Tiene dieciséis años, lleva un audífono en el oído derecho y no consigue reconstruir nada de lo ocurrido desde la cena: solo el eco de una discusión más entre sus padres, que estaban tramitando el divorcio. Mientras los bomberos pierden terreno frente al fuego y los fotógrafos disparan sin descanso, un agente lo acompaña hasta una ambulancia. Una médica le diagnostica una conmoción leve y le advierte de que las lagunas son normales. Todavía no sabe que dentro de la casa hay tres cuerpos.
El relato pasa entonces a la comisaría, donde el comisario Oliver Langley y el agente Finn Byrne le comunican la noticia y le explican la única versión disponible de esa noche: la de Rosana, que oyó gritos, no pudo subir a causa de las llamas y asegura haber escuchado a Anwir enfrentándose al asesino. Es un testimonio que lo convierte en héroe involuntario ante los demás y en enigma para sí mismo, porque nada de esa pelea existe en su memoria. Langley se lo dice sin rodeos antes de marcharse: haber salido vivo de una escena así, con una amnesia tan oportuna y sin coartada, lo deja en la lista de sospechosos.
La novela no se conforma con un solo punto de vista. Alterna la mirada aturdida del chico con la del comisario —un hombre agotado, profesionalmente insensibilizado ante el dolor ajeno y con una hija que lo llama de madrugada con algo urgente que no puede decirse por teléfono— y con la de Ada, una adolescente a la que despiertan esa misma noche para revelarle que las víctimas no son quienes todos creen. Un juego entre dos amigas de la facultad de arte dramático, un reto de suplantación llevado con maquillaje impecable y una noche de sueño en la casa equivocada, ha cambiado el nombre de una de las muertas y convertido el luto ajeno en el propio.
A partir de ahí se despliegan las líneas que sostienen el libro: una fortuna familiar que nadie quiere reclamar y que otros podrían codiciar, un divorcio inconcluso, unos padres estrictos que enseñaron a sus hijas a no llorar, un primo lejano que puede darle techo al superviviente y un asesino sin rostro que quizá aún no ha terminado su trabajo. Todo ello narrado en un registro directo, atento al detalle físico del miedo y del duelo, con capítulos breves que van entregando la información a cuentagotas y desplazando la pregunta inicial —quién mató a la familia Wraith— hacia otra más incómoda: qué ocurrió realmente en esa habitación mientras Anwir no miraba.
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