Chicago, noviembre de 1952. Un profesor universitario reservado reconoce en el trolebús a la joven de cabello castaño que ha visto una decena de veces sin atreverse jamás a saludarla.
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Chicago, noviembre de 1952. Un profesor universitario reservado reconoce en el trolebús a la joven de cabello castaño que ha visto una decena de veces sin atreverse jamás a saludarla. Esa tarde decide que es ahora o nunca, y una tormenta inesperada le concede lo que la timidez le había negado: unas cuadras compartidas bajo un mismo paraguas. Entre relámpagos, charcos y una conversación que va del clima a la música, dos desconocidos descubren cuánto cabe en un trayecto breve. «Bajo la Lluvia» es un cuento de amor y nostalgia sobre los encuentros que duran poco y pesan siempre.
Al final de una jornada de trabajo, un pasajero sube al trolebús con la gabardina húmeda y el paraguas goteando. El titular de un diario abandonado en un asiento fecha la escena con precisión: son las horas siguientes a las elecciones estadounidenses de noviembre de 1952, en un Chicago frío y encharcado. Entre la gente que vuelve a casa, el narrador vuelve a verla: la señorita del cabello castaño con la que ha coincidido diez o doce veces sin cruzar nunca una palabra.
El relato avanza primero hacia dentro, en el ensayo mental de un hombre que planea cada movimiento —cómo acercarse, cómo pedir permiso para sentarse, cómo abrir una conversación sin sonar trivial— y que se desarma ante la primera sospecha de que alguien pueda estar esperándola. Cuando por fin baja tras ella, la lluvia arrecia y le ofrece el único pretexto honesto que tenía: un paraguas para dos.
Lo que sigue son unas pocas cuadras hacia el edificio frente a la iglesia de San Patricio. Ella resulta ser pianista, sostenida por clases particulares y por una escuela primaria; habla de la orquesta de la ciudad y de una ópera memorable con la pasión de quien vive de la música. Él enseña ingeniería molecular. Un auto los salpica, se ríen a la vez, el frío les entumece las manos, ella se toma de su brazo, y los nombres —Teddy y Trudy— llegan tarde, casi al final del trayecto.
Mauricio I. Pérez construye una miniatura de tiempo detenido: el pudor de los buenos modales aprendidos de memoria, la geografía exacta de un Chicago de posguerra y la certeza melancólica de que hay noches que no se repiten. Nacido de un ejercicio con lectores en redes sociales, el cuento defiende una idea sencilla y persistente: la vida está hecha de momentos irrepetibles para quien sabe reconocerlos a tiempo.
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