«Bajo la piel» reúne los cuentos eróticos de Elsa Levy: piezas breves donde el deseo femenino se narra sin solemnidad, entre la ironía, la ternura y el humor negro.
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«Bajo la piel» reúne los cuentos eróticos de Elsa Levy: piezas breves donde el deseo femenino se narra sin solemnidad, entre la ironía, la ternura y el humor negro. Un científico que esculpe una amante de luz, una monja que planea seducir a su confesor, una niña que confunde a las prostitutas con escritoras, un pasajero de tren derrotado por su propio monólogo. Publicado por primera vez en 1993, el libro convierte la intimidad en materia narrativa y el remate final en un pequeño golpe de lucidez.
Ocho piezas componen este volumen mexicano de erotismo breve, encabezado por un verso de Jaime Sabines que le presta título y programa: lo que ocurre bajo la piel, en la zona donde el cuerpo y la imaginación negocian. Elsa Levy escribe desde la tradición del cuento con remate —cada relato avanza hacia un vuelco que reordena todo lo leído— y usa esa mecánica para desactivar la solemnidad del género.
El conjunto abre con una fábula tecnológica: un electrónico obsesivo construye con rayo láser una compañera de medidas exactas, silenciosa y jadeante a demanda, hasta que la perfección que fabricó se le vuelve en contra. Sigue una voz que habla desde el sueño ajeno, la amante fantasmal a quien un hombre casado convoca cada noche y que empieza a cansarse del papel. Una conductora teje un romance entero entre semáforo y semáforo, con un desenlace que devuelve el deseo a su tamaño real. En otro relato, una niña rastrea en el diccionario una palabra prohibida y llega, por vía etimológica, a una conclusión que su hermana adulta nunca desmiente del todo. Una comunidad de religiosas isleñas convierte la visita trimestral del capellán en una campaña de seducción con guiño homérico. Un pasajero de tren narra en monólogo su asedio imaginario a la mujer del asiento contiguo, mientras ella lee —y él espía por encima— un libro de cuentos eróticos. Y una oficinista construye, con veladoras y un recorte de periódico, la única versión posible del hombre que nunca la mira.
Entre esas historias se intercala una prosa poética que declara la fantasía como compañera vitalicia e insustituible. El libro alterna el registro coloquial y grosero del deseo masculino con una escritura sensorial más lírica, y sostiene a lo largo de sus páginas un mismo interés: quién imagina a quién, y qué precio tiene creerse dueño del propio deseo.