En el Madrid de finales de los años setenta, Eva sobrevive entre un trabajo que no termina de reconocerla y la crianza en solitario de su hijo Ian.
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En el Madrid de finales de los años setenta, Eva sobrevive entre un trabajo que no termina de reconocerla y la crianza en solitario de su hijo Ian. Una llamada inesperada —la muerte de una abuela materna a la que apenas conoció— la empuja hacia Usín, un pueblo escondido en los Pirineos navarros donde un tío del que no guardaba memoria la espera junto a una casa señorial cargada de silencios familiares, puertas que ninguna llave abre y un pasado que la región prefiere no nombrar.
La historia se abre en 1978 con una mujer descalza que corre entre la maleza de un bosque, persiguiendo o siendo conducida hacia las ruinas de un templo devorado por la naturaleza, un lugar donde el rumor del pueblo sitúa antiguas hogueras y mujeres condenadas por brujería. Esa escena, suspendida entre el miedo y la razón, funciona como umbral de una historia que retrocede unos meses para presentar a Eva: una joven madre soltera que trabaja como asistente en un periódico madrileño, sostiene sola la educación de su hijo Ian y sueña, contra el escepticismo de su jefe, con convertirse algún día en periodista. Su rutina se quiebra cuando Sergio, un tío al que no recuerda, la llama para anunciarle la muerte de la abuela materna con la que casi no tuvo trato, y la invita al funeral en Usín, el pueblo de los Pirineos navarros donde su madre creció y que ella siempre mantuvo en un silencio deliberado. Animada por su mejor amiga, Eva decide emprender el viaje con Ian, buscando en esa familia desconocida algo parecido a un origen y, para su hijo, la figura masculina que le falta. La llegada al pueblo y a la vieja casa solariega —con su escudo de piedra, su reloj hecho con la madera de un árbol partido por un rayo y su historia de linajes, oficios marginados y tradiciones funerarias propias— despierta en Eva tantas preguntas como respuestas. Entre la hospitalidad de Sergio y la antigua nodriza Edna, el entusiasmo de Ian por explorar cada rincón y una puerta cerrada que ninguna de las llaves heredadas consigue abrir, la casa empieza a revelarse como un espacio tan acogedor como reticente a entregar sus secretos. La narración entrelaza el reencuentro familiar con una inquietud más profunda, apuntada ya desde el prólogo: la frontera entre lo que se ve, lo que se intuye y lo que en verdad ocurrió, y la pregunta de si Eva está a punto de recuperar una historia perdida o de adentrarse en algo que preferiría no haber ido a buscar.