En un caserío de las faldas del Mugarra, a las afueras de Durango, la familia Echevarría vive al ritmo de las cosechas, el ganado y el mercado de los sábados.
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En un caserío de las faldas del Mugarra, a las afueras de Durango, la familia Echevarría vive al ritmo de las cosechas, el ganado y el mercado de los sábados. Es enero de 1936 y Peio, el hijo mayor, tiene diecisiete años, un futuro escrito en la herencia de la tierra y un amor callado en el puesto de al lado. Un encuentro fortuito en el bosque —quince hombres armados que hablan de una causa y de un muerto— basta para que su padre baje del desván una segunda escopeta. La paz del valle empieza a agrietarse mucho antes de que estalle.
La novela abre con una carrera a ciegas: Durango, 1937, un cielo oscuro, un estruendo insoportable y una voz que grita a un muchacho que corra y no mire atrás. Es apenas un destello, una herida abierta al principio del libro que el relato tardará en explicar. Inmediatamente después, el tiempo retrocede a enero de 1936 y el lector aterriza en un mundo todavía intacto: el caserío Echevarría, en el barrio de Orozketa, recibiendo los primeros rayos de sol tras diez días de nieve.
Allí viven Antton y Tere con sus tres hijos. La vida se organiza alrededor del portalón, la cuadra, el pajar y unas hectáreas trabajadas con policultivo rotatorio —trigo, maíz, algún nabo entre medias— porque dejar una tierra sin sembrar significa alimento y dinero perdidos. La novela se toma su tiempo en ese oficio: el forraje de hojas y helechos para las camas del ganado, el estiércol que abonará los campos, el carro cargado la noche anterior y la sal esparcida sobre los tramos helados del camino para que el mulo no resbale. De esa precisión doméstica nace su verdad.
En el centro está Peio, hijo mayor y, por tradición, heredero del caserío. Trabaja desde los diez años, no ha recibido estudios y carga con la expectativa de un padre que le exige más de lo que él mismo dio a su edad, mientras Tere advierte que le están robando la juventud. Es también un chico que se lanza monte abajo con sus hermanos sobre un saco a modo de trineo, que se ruboriza al ver a Elene Arrieta vendiendo en el mercado cubierto y que imagina otra vida posible en una casona de la Plaza Santa Ana: la villa, la gente, las calles. Sabe que no ocurrirá, y aun así el pensamiento le hace feliz.
El quiebre llega una mañana de trabajo en la arboleda. Agachado entre helechos, Peio ve pasar a más de quince hombres con escopetas a la espalda y cuchillos al cinto, y alcanza a oír una conversación sobre un labrador muerto en Mañaria y sobre hombres que se llaman a sí mismos guerrilleros. No es una batida contra lobos ni zorros; es otra cosa. Cuando lo cuenta en casa, sus padres se encierran a hablar, Antton sube a las habitaciones y baja con dos escopetas: una de ellas comprada dos años antes para su hijo, guardada a la espera del momento oportuno. Ese momento acaba de adelantarse. La escena se cierra con Tere llorando sobre un cocido de garbanzos y guardando el chorizo para una ocasión mejor.
Sobre ese fondo cotidiano —el mercado durangués, la señora Urrutia y sus propinas, el pastor del Gorbea y sus pronósticos infalibles, la taberna en la tarde del sábado— la novela va tensando el hilo que une el invierno de 1936 con la carrera del prólogo. El marco histórico es real; los personajes, sus nombres y muchos emplazamientos pertenecen a la imaginación del autor, y el libro se presenta desde su primera página como ficción y no como obra de referencia.
El resultado es una novela de aprendizaje y de pérdida: el retrato de una familia baserritarra a la que la Historia se le va acercando por el camino, primero como rumor entre árboles, después como necesidad de aprender a disparar. Está escrita con el pulso lento de la vida agraria y con la certeza, sembrada desde la primera línea, de que la claridad quizá no vuelva nunca más.