Sarah Foster ha construido en Nueva York la carrera que soñaba, pero regresa a North Valley, su pueblo natal de Alaska, con una maleta demasiado llena y ninguna gana de dar explicaciones.
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Sarah Foster ha construido en Nueva York la carrera que soñaba, pero regresa a North Valley, su pueblo natal de Alaska, con una maleta demasiado llena y ninguna gana de dar explicaciones. En apenas unas horas descubre que su primer amor sale con su hermana mayor y que la cena de Nochebuena será para cuatro. Acorralada por las preguntas de su madre, improvisa una mentira: tiene novio. Ahora solo falta convencer a su mejor amigo de que viaje al Ártico a interpretar el papel.
«Bajo las luces de Alaska», de M.J. Coy, es una comedia romántica navideña narrada en primera persona y en presente por Sarah Foster, una asesora financiera de veinticinco años que mide su vida en comisiones y en camas vacías. Tres años atrás dejó North Valley —un pueblo de Alaska donde en invierno apenas hay seis horas de luz y el termómetro baja de los veinte bajo cero— para trabajar en un banco de Nueva York. Vuelve por Navidad convencida de que una semana en casa es un trámite soportable.
No lo es. En el supermercado, entre bandejas de galletas de jengibre, se cruza con James Davis, el chico con el que creyó en el amor y en la lealtad. El reencuentro es breve, torpe y algo huidizo; la explicación llega esa misma tarde, cuando James aparece en la puerta de su madre y su hermana Mia lo besa delante de ella. La familia entera lo sabía. Nadie encontró el momento de contárselo.
Desde ahí, la novela avanza por las estaciones obligadas del calendario de North Valley: la compra del abeto en la granja, el árbol de veinte metros que se enciende a medianoche el veinticuatro, la cafetería que levantó la abuela y que Mia heredó. Y, en medio, una mentira que Sarah suelta por orgullo, en la mesa y frente a su ex: que tiene novio. El elegido, sin saberlo todavía, es Harry Miller, compañero de trabajo y amigo fiel, que termina subiéndose a un avión con una maleta de cabina y ninguna prenda de abrigo.
Coy escribe con humor seco y registro coloquial, sin demasiados pudores: el sarcasmo interior de Sarah, una madre que teme que su hija «caduque» sin marido, la rivalidad afectuosa entre hermanas, el frío como un familiar más sentado a la mesa. Bajo la comedia late algo menos ligero: la sospecha de que el trabajo soñado se ha comido todo lo demás, y la certeza incómoda de que un primer amor deja huella aunque una lleve años repitiéndose lo contrario. Una lectura de invierno sobre volver a casa y descubrir que el pueblo sigue intacto y la que ha cambiado eres tú.
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