Cansada de una rutina que la asfixia, una joven caraqueña deja la ciudad y viaja hasta El Callao, el pueblo minero del sur de Venezuela, decidida a encontrar oro por su cuenta.
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Cansada de una rutina que la asfixia, una joven caraqueña deja la ciudad y viaja hasta El Callao, el pueblo minero del sur de Venezuela, decidida a encontrar oro por su cuenta. Allí descubre un lugar que rechaza a los forasteros por norma y donde el único que le tiende la mano es Carlos, un hombre de la selva al que todos llaman el Tigre. Entre roces, orgullo herido y una atracción que ninguno admite, ambos se internan en una región donde el oro, las armas y el contrabando trazan las verdaderas reglas.
Una mañana lluviosa en Caracas, con un morral a la espalda y sin nadie que la despida salvo su familia, Diana toma el autobús hacia el estado Bolívar. No huye de una desgracia: huye de una vida correcta. Ha cumplido con todo lo que se esperaba de ella —los estudios, las calificaciones impecables, la conducta intachable— y ha terminado con la sensación de estar gastando sus días en una rutina que ni la premia ni la sostiene. La suya es una familia que ama protegiendo, y que protege enumerando catástrofes: el avión que cae, el barco que se hunde, la red que se lleva a las muchachas que viajan solas. Diana decide, por una vez, no escucharlos.
El destino que elige es El Callao, el legendario pueblo del oro. Llega tras horas de carretera, cruza el puente metálico de una sola vía que sirve de entrada y descubre en cuestión de minutos que la fama del lugar tiene un reverso: aquí no se le vende, no se le alquila y no se le da trabajo a un forastero. Es una regla no escrita y unánime —quien aguanta una semana de hostilidad se queda, quien no, se marcha—. Sin posada ni comida, un intento de comprar un refresco la mete en un bar de hombres donde un minero corpulento decide que va a bailar con ella quiera o no. Diana se defiende sola, con una navaja pequeña y una rodilla certera, pero quien termina de resolver el asunto es un desconocido de sombrero de pana y ojos color miel al que todos llaman el Tigre.
Carlos vive selva adentro y baja al pueblo solo por provisiones. Le consigue a Diana un plato de comida y un techo en casa de Efigenia, una anciana que lo trata como a un hijo, y desde el primer intercambio queda claro que entre ellos habrá más fricción que gratitud: él la juzga por venir a buscar riqueza fácil teniendo un anillo de graduación en el dedo; ella no le tolera el sermón ni el desprecio a sus decisiones. Discuten sobre el oro, sobre las apariencias, sobre lo que una mujer puede o no hacer con su propia vida, y de esa disputa nace algo que ninguno de los dos sabe nombrar todavía. A la mañana siguiente, con la mediación de Efigenia, emprenden juntos el camino hacia la selva.
Lo que se abre a partir de ahí es un territorio donde la fiebre del oro y el diamante convive con la violencia organizada: bandas que se disputan el dominio de las minas, tráfico de armas, de animales y de personas, una economía sin ley montaña adentro, hacia el delta del Orinoco. La aventura que Diana imaginaba como una conquista personal se revela como un mundo con reglas propias y consecuencias reales, y la trama —que en su recorrido llega hasta Aruba— va enredando y desanudando los hilos que unen a estos dos personajes.
Carmen Omaña combina en esta novela la intriga, el retrato del crimen y una historia de amor que ocupa el centro del escenario. Bajo la aventura late una mirada a los conflictos sociales de los pueblos mineros y a las preguntas morales y existenciales de quienes los habitan, en un relato de atmósfera espesa donde la selva, la noche y el brillo del metal pesan tanto como los personajes.