En la Inglaterra de 1881, dos jóvenes viven encierros distintos: Abigail, dama de compañía en una casa acomodada de Ealing, sirve a una señora exigente mientras esconde un afecto imposible por el hermano menor de esta; y Elizabeth,…
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En la Inglaterra de 1881, dos jóvenes viven encierros distintos: Abigail, dama de compañía en una casa acomodada de Ealing, sirve a una señora exigente mientras esconde un afecto imposible por el hermano menor de esta; y Elizabeth, heredera huérfana de una mansión de Devonshire, se ahoga entre lecciones de piano e idiomas soñando con un mundo que solo conoce por los libros. Cuando la llegada de una tía viuda desde Florencia trastoca la rutina de Midblossom Manor, ambas historias empiezan a moverse hacia el mismo horizonte.
Marzo de 1881. En el barrio de Ealing, refugio verde de familias que huyeron del humo industrial de Londres, Abigail corre por el mercado con la falda enredada entre las piernas y el reloj en contra. Lleva siete años sirviendo a Debrah Richmond, una señorita altiva y quisquillosa que convierte una tisana atrasada en tragedia doméstica, y cada moneda que gana viaja de vuelta a su madre viuda para costear los estudios de su hermano mayor. Abigail aprendió a leer con libros de segunda mano y páginas arrancadas, y esa educación precaria pero tenaz es lo único que la separa de la fábrica o del taller de costura. También es, en secreto, lo que la acerca a Jules, el hermano menor de su señora: un joven cordial y agudo, brillante en el banco, incómodo con los rituales de sociedad, que se escapa del trabajo para llevar croissants a la cocina y dedicarle miradas de complicidad que ella recuerda durante noches enteras. Entre ellos hay simpatía, humor compartido y una barrera de clase que ninguno de los dos nombra, mientras Debrah maniobra para casar a su hermano con una joven conveniente recién llegada de Florencia.
A cientos de kilómetros, en la costa de Devonshire, Elizabeth Doubleday habita el extremo opuesto de la misma jaula. A los diecinueve años es dueña de Midblossom Manor, una casona de piedra oscura con torretas, invernadero y cuartos clausurados donde los muebles siguen cubiertos con sábanas. La tuberculosis se llevó a sus padres con pocos meses de diferencia; sus hermanas mayores se casaron bien y se marcharon; su amiga de la infancia sigue soñando con bailes y príncipes mientras ella ha aprendido, demasiado pronto, lo frágil que es todo. Los días se le van en francés, español, latín, griego, bordados y un piano que toca sin alma, incapaz de abandonarlo por lealtad a la madre muerta y de disfrutarlo por la misma razón. Lee a Homero y a Ovidio en su lengua original y se asoma al alemán de Goethe, pero lo que de verdad desea es salir: viajar, conocer de primera mano las culturas que solo le llegan encuadernadas, y no puede hacerlo hasta cerrar los trámites de una herencia que la retiene como un ancla.
El equilibrio se rompe cuando llega de visita la tía May, viuda de un duque italiano, severa en las formas y de buen fondo, que anuncia sin rodeos su plan: instalarse en la mansión, pulir a su sobrina y buscarle un marido digno de su posición. La propuesta llega envuelta en afecto y en la certeza absoluta de que no hay otro destino posible para una joven de su clase.
Con una prosa atenta al detalle de época —el peso de un vestido inadecuado, la geografía de una casa señorial, la aritmética silenciosa de quién paga los caprichos de quién—, la novela entrelaza dos vidas femeninas separadas por la fortuna y unidas por lo mismo: la distancia entre lo que se espera de ellas y lo que desean. Un retrato de la Inglaterra victoriana donde la educación es a la vez privilegio y consuelo, el servicio doméstico un observatorio privilegiado de las intimidades ajenas, y el matrimonio la única puerta visible hacia un futuro que ninguna de las dos eligió.