Una niña del poblado de Olgossa, en Darfur, es arrancada de su casa por unos vecinos convertidos en tratantes y vendida a los siete años a una caravana de esclavos.
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Una niña del poblado de Olgossa, en Darfur, es arrancada de su casa por unos vecinos convertidos en tratantes y vendida a los siete años a una caravana de esclavos. Pierde a su familia, su lengua y hasta el nombre que su padre pronunció ante la luna; los negreros la rebautizan Bakhita, «la Afortunada». Este relato reconstruye, en una prosa sobria y sensorial, cómo esa niña sobrevive a la violencia sin dejar que le arrebaten lo que fue.
La mujer que abre este libro no sabe cómo se llama. Habla un revoltijo de árabe, turco, italiano y dialectos sudaneses que los demás llaman «un galimatías»; lee despacio, firma con letra temblorosa y ha contado su vida tantas veces que la memoria le volvió por el camino del relato. Todo menos su nombre. Ese se quedó atrás, en una tarde concreta de su infancia, y el resto de la obra consiste en volver hasta allí.
Allí está Olgossa, un poblado de Darfur donde su padre, hermano del jefe, presentó a la luna a sus dos hijas gemelas y le dijo sus nombres para que el mundo las recordara. La narración se demora en ese mundo antes del daño: las cabras arrodilladas bajo los árboles, el sorgo batido por las mujeres al atardecer, la voz del padre haciendo vibrar la piel de la niña sentada en su rodilla, el baobab que es a la vez sombra, centro y antepasado. No es nostalgia decorativa, sino un inventario deliberado: la prueba de que existió una vida justa antes de conocer el mal.
La destrucción llega dos veces. Primero con los negreros a caballo, el fuego y las horcas, que se llevan a la hermana mayor y dejan tras de sí cuerpos, cenizas y una madre que ya no vuelve a estar tranquila. Después, dos años más tarde, con dos hombres de una aldea vecina —también saqueada, también deshecha— que apartan a su amiga y se la llevan a ella bajo un banano, con un puñal en la garganta. Empieza entonces el encierro en un cuarto sin sol ni luna, la cuenta imposible de los días, el agujero en la pared de arcilla que escarba con los dedos sangrando, y las historias que se cuenta a sí misma para no desaparecer. Lo que ocurrió aquellas noches es precisamente lo que nunca contó a nadie: la obra señala ese silencio en lugar de llenarlo.
De ahí sale vendida, inspeccionada como un animal, para caminar encadenada entre desiertos, montañas y ciénagas junto a Binah, la niña que le enseña la palabra que ahora la define: abdá, esclava. El libro sigue esa ruta con una atención doble, la del horror organizado y la del asombro infantil que aún mira los pájaros de alas rojas y azules y busca en cada paisaje a la madre que no oye sus gritos.
Bajo el epígrafe de Primo Levi sobre el nombre que nos quitan, el texto propone una tesis sencilla y dura: la identidad no está en cómo nos llaman, sino en lo que conseguimos que sobreviva detrás del nombre. La niña que debería haber muerto en la esclavitud sigue viva dentro de la mujer que no recuerda el suyo, y esa permanencia obstinada —no la fortuna que le atribuye su nuevo nombre— es lo que la obra decide contar.