Un guionista sin obra, separado de su mujer y alejado de su hijo, descubre que el padre al que no ve desde hace veinte años sigue vivo en una residencia de veteranos en Varsovia.
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Un guionista sin obra, separado de su mujer y alejado de su hijo, descubre que el padre al que no ve desde hace veinte años sigue vivo en una residencia de veteranos en Varsovia. Entre el insomnio poblado de pesadillas y la casa vacía sobre el Uadi, la ausencia se vuelve pregunta urgente, y el viaje al país de la infancia se impone como la única manera de averiguar qué se hereda de un hombre que golpeaba y tocaba el violín con la misma fuerza. Una novela sobre la paternidad como cadena y como deuda, narrada con una franqueza áspera y sin coartadas.
Todo empieza con un despertar en falso: un estruendo, una figura negra que se escurre por la puerta, la carrera con una barra de hierro hasta el cuarto del niño, la cama vacía. Cuando la casa recupera el silencio y llega la cerveza abierta con los dientes, el lector entiende que el intruso no vino de fuera. El narrador —un hombre de cuarenta y tantos que lleva años prometiendo que va a escribir— odia dormir porque el sueño le devuelve, íntegro, aquello que la vigilia mantiene a raya.
Su mujer se cansa primero. Se marcha llevándose al hijo y deja atrás un jardín que parece un vertedero, unos platos que esperan la noche y un matrimonio que llevaba demasiado tiempo esperando la primavera. Lo que sigue no es exactamente nostalgia: es un vacío que se llena de ansiedad, y en ese vacío emerge, después de dos décadas de rumor de fondo, la palabra papá. La madre —pintora, coqueta, implacable, capaz de calcular un divorcio ajeno por la calidad de la cama— confirma de pasada lo que nadie había dicho: el padre no se quedó en Polonia por voluntad propia, y una hermana lo visitó años atrás en una residencia de partisanos y veteranos de guerra que se cae a pedazos, como todo allí.
A partir de ahí la novela avanza en dos tiempos que se trenzan sin costura. En el presente israelí, el narrador negocia con su exmujer, se sienta con su hijo en un jardín donde no encuentra nada que decir y va reuniendo, casi a su pesar, el dinero y el valor para viajar. En la memoria, vuelve la Polonia de los años cincuenta: la casa señorial expropiada junto al río, la granja estatal, la abuela campesina que no temía a nadie salvo a los fantasmas y que ahogó una camada de gatitos en una funda de almohada sin pestañear, el vals de Strauss interrumpido por los tanques soviéticos en Budapest, el padre enorme que llegaba sin avisar con una longaniza, un violín o una radio, y que podía moler a golpes a un hombre en un retrete y minutos después poner el arco en la mano de su hijo y decirle: toca.
Esa doble luz es el centro del libro. El padre no se deja reducir ni a monstruo ni a víctima: superviviente de Majdanek, partisano, bebedor de vodka, autor de una violencia que estropeó vidas y de una ternura que el narrador aún no sabe dónde colocar. Los cuatro hermanos se dispersaron por el mundo y cada uno guarda una versión distinta de él; la madre firmó un documento para impedirle emigrar y nunca fue perdonada, aunque sospeche que él tampoco quería venir. Ahora que las fronteras se han abierto y el viejo puede morir en cualquier momento, la pregunta ya no es qué hizo el padre, sino qué le queda al hijo de todo aquello, y qué está repitiendo con el niño que responde con monosílabos y agradece un silencio compartido que el propio narrador sabe fraudulento.
Escrita en una prosa seca, de frase corta y humor negro —los diálogos con la madre son piezas de comedia amarga—, la novela alterna la crudeza física del recuerdo con una honestidad brutal sobre el fracaso propio: el trabajo que no llega, el talento invocado y nunca ejercido, la incapacidad de abrazar. El epígrafe fija la pregunta de la que nadie sale indemne: cómo podría abrazar al hijo un padre que se aferra con ambos brazos al cuello del suyo.