Una mujer de setenta y cinco años recorre las rutinas de su club de barrio —la pileta, los vestuarios, el gimnasio, la biblioteca— mientras negocia con su cuerpo, sus deseos y las presencias que insisten en cuidarla más de lo que ella pide.
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Una mujer de setenta y cinco años recorre las rutinas de su club de barrio —la pileta, los vestuarios, el gimnasio, la biblioteca— mientras negocia con su cuerpo, sus deseos y las presencias que insisten en cuidarla más de lo que ella pide.
Ana Inés tiene setenta y cinco años y una vida organizada alrededor de un club de barrio: la clase de aquagym, las duchas que prefiere vacías, el vestuario donde se permite estar desnuda sin apuro. Viuda desde hace años, comparte sus días con dos amigas de toda la vida, Silvita y Beta, con quienes sostiene una rutina de almuerzos, chismes y pequeñas rivalidades que nunca dejan de ser también una forma de compañía. En paralelo, su hija Marisa aparece cada vez con más frecuencia en su departamento, con excusas poco convincentes y una insistencia protectora que Ana Inés recibe con una mezcla de gratitud y fastidio: no quiere ser cuidada, quiere seguir siendo dueña de su tiempo y de sus decisiones. Entre largos de pileta, fantasías que la sorprenden en pleno ejercicio, el recuerdo intermitente de su marido y el deseo secreto de postularse a la presidencia del club con motivo de su fiesta aniversario, la novela sigue a su protagonista en un territorio que rara vez se explora con esta franqueza: el de una vejez activa, deseante y llena de fricciones, donde el cuerpo cambia pero la curiosidad, los celos y las ganas de intervenir en el mundo siguen intactos. Con un tono íntimo y observacional, el relato construye el retrato de una mujer que se resiste a ser reducida a la categoría de ‘abuela’ y que, en los pequeños gestos cotidianos —una malla robada, una torta escondida, un cartón de lotería ajeno—, insiste en seguir siendo protagonista de su propia historia.