Manuel Valls recorre en primera persona el camino que lo llevó de vuelta a la ciudad donde nació. Entre el recuerdo de los veranos en Horta, la infancia parisina en el taller de su padre pintor y los años de responsabilidad al frente del…
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Manuel Valls recorre en primera persona el camino que lo llevó de vuelta a la ciudad donde nació. Entre el recuerdo de los veranos en Horta, la infancia parisina en el taller de su padre pintor y los años de responsabilidad al frente del Ministerio del Interior y del Gobierno francés, el autor explica por qué decidió presentarse a la Alcaldía de Barcelona y qué proyecto de ciudad tiene en mente: una Barcelona abierta, segura, bien gestionada y con peso propio en Europa.
Hay un refrán catalán que sostiene que se puede dar la vuelta al mundo entero y aun así acabar regresando al Born. Manuel Valls lo toma como hilo conductor de este libro, escrito desde la convicción de que quien se marcha de Barcelona se lleva un pedazo de ella y contrae, al volver, la obligación moral de devolver lo aprendido fuera. El relato arranca en una fecha concreta —un Sant Jordi de 2018, con la ciudad en tregua entre libros y rosas— y en un mensaje breve de su madre que terminó de inclinar la balanza hacia una decisión que meses después se haría pública: dar el paso a la política municipal en su ciudad natal.
A partir de ahí, el autor retrocede para responder a las dos preguntas que, según él mismo plantea, todo candidato debe contestar antes que ninguna otra: por qué se presenta y para qué. La respuesta toma la forma de una autobiografía política y sentimental. Están los veranos en el barrio de Horta, la casa de una sola planta comprada con dinero prestado, las verbenas de San Juan que llenaban el patio de escritores, arquitectos y artistas, los viajes de tres días desde París en un Citroën dos caballos de segunda mano, con la madre al volante y el nudo en el estómago al cruzar una frontera vigilada por la policía del régimen. Está también el Barça de Cruyff, la eliminación de 1975 y una entrada para una final que nunca llegó a jugarse.
La otra mitad de esa infancia transcurre en París, en el taller junto al Sena donde su padre, el pintor Xavier Valls, decidió quedarse por razones artísticas más que políticas y donde se sucedían tertulias con exiliados españoles, editores, cineastas y escritores llegados de medio mundo. De ese ambiente el autor extrae dos lecciones que atraviesan el libro: el rechazo a cualquier forma de totalitarismo o sectarismo, venga de donde venga, y el valor de sostener una posición propia aunque contradiga la corriente dominante, como hizo su padre al no plegarse a la abstracción imperante. A ello se suma la experiencia de crecer siendo percibido como inmigrante en Francia —una condición que no dejó atrás hasta la nacionalización de 1980— y que, sostiene, le enseñó a escuchar de otra manera cuando años más tarde le tocó gobernar.
El libro repasa después su trayectoria pública francesa: la afiliación al Partido Socialista a los dieciocho años atraído por la figura de Michel Rocard, la gestión de la Alcaldía de Evry, el paso exigente por el Ministerio del Interior y, finalmente, el nombramiento como primer ministro. Esa experiencia de gestión es precisamente lo que ofrece a Barcelona. Valls, que se define catalán, español, francés y europeo a la vez, describe una ciudad que considera mal administrada y atrapada entre el populismo y un nacionalismo exacerbado, y plantea la cuestión catalana como un asunto que interpela también a Europa.
Memoria familiar, crónica de dos ciudades y declaración de intenciones, ‘Barcelona, vuelvo a casa’ compone el retrato de alguien que explica su biografía para justificar un proyecto: hacer de Barcelona un lugar habitable para todos sus vecinos, moderno, cosmopolita, más seguro y devuelto a un lugar de primer orden en el mundo.
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