Una crónica poética y alucinada sobre la fundación de Monterrey, donde Diego de Montemayor conduce a doce familias españolas y a numerosos pueblos indígenas desde el Saltillo hasta el Valle de Extremadura, guiado por un llamado casi…
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Una crónica poética y alucinada sobre la fundación de Monterrey, donde Diego de Montemayor conduce a doce familias españolas y a numerosos pueblos indígenas desde el Saltillo hasta el Valle de Extremadura, guiado por un llamado casi divino, para clavar su espada junto al Ojo de Agua de Santa Lucía y dar origen a la ciudad.
En un Saltillo azotado por lluvias y vigilado por ángeles y demonios que se posan en las vigas, el viejo capitán Diego de Montemayor vive retirado junto a su hija Estefanía y sus nietos Miguel y Diego. Un viento ancestral —el Abuelo Viento— le humedece los ojos y la boca y lo devuelve a la acción: doce guerreros y luego veinte caciques de distintas naciones (guachichiles, quiniguas, tepehuanes, cajubamas y muchos más), junto con sus familias, sirvientes y esclavos, llegan a su casa a rendirle una suerte de homenaje silencioso. Convocados sus doce compañeros fundadores, arma una caravana de carretas, ganado y familias enteras —entre ellas las de Diego Díaz de Berlanga, Diego Rodríguez, Juan Pérez de los Ríos y otros— y emprende el viaje hacia el Valle de Extremadura, donde se dice que mana ‘la mejor y más abundante agua del Reino’. El recorrido, narrado como una travesía mítica tanto como histórica, atraviesa serranías, cañones y encuentros con pobladores locales, mientras el Cerro de la Silla se alza como una figura casi divina —‘El Monarca’— que corona la marcha con arreboles, coronas de lluvia y visiones de sangre y luz. Niños que juegan entre nogales, mujeres que cargan utensilios y ofrendas, frailes que acompañan la expedición y criaturas angélicas y demoníacas que observan desde las sombras se entretejen en un mismo tapiz narrativo. Al llegar a los Ojos de Agua de Santa Lucía y al Ojo Grande, bajo la sombra del Monte Grande, Montemayor reúne a todos los presentes —familias fundadoras, caciques y sus pueblos, esclavos, sirvientes y religiosos— y pronuncia el acta fundacional: clava su espada en la tierra, junto a un aguacate, y sobre una piedra blanca que palpita como un corazón, funda la Ciudad Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey. Se instala el primer cabildo con alcaldes y regidores, se disparan arcabuces hacia los cuatro puntos cardinales y la piedra fundacional germina en raíces y tubérculos que se extienden bajo tierra, dando forma física y simbólica a la futura ciudad. El relato cierra con la noche cayendo sobre el campamento recién asentado, mientras una presencia luminosa —angelical, quizá alegórica— emerge de la tierra removida y despliega alas multicolores sobre los fundadores dormidos, sellando el nacimiento de la ciudad entre lo terrenal y lo sagrado.
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