En un pueblo castellano del siglo XVI, Bartolomé, un joven mozo de mesón aficionado a improvisar versos torpes, decide dejar atrás su aldea, Hormigos, y a la muchacha de la que está enamorado para buscar fortuna como poeta en Toledo.
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En un pueblo castellano del siglo XVI, Bartolomé, un joven mozo de mesón aficionado a improvisar versos torpes, decide dejar atrás su aldea, Hormigos, y a la muchacha de la que está enamorado para buscar fortuna como poeta en Toledo. Acompañado por un cascarrabias buhonero y su mula, el viaje se convierte en una sucesión de encuentros con vecinos crédulos, viajeros embaucadores, una viuda agradecida que le entrega un misterioso anillo de plata y una banda de ladrones a la que burla fingiéndose enfermo de viruela.
La historia arranca en la torre de una iglesia de un pequeño pueblo castellano, donde el sacristán Nazario, entre gruñidos y bocados de queso, observa desde el campanario el ir y venir cotidiano de sus vecinos: labriegos, cazadores, comadres y gañanes. Entre ellos destaca Bartolomé, mozo fuerte y bienintencionado que malvive en el mesón del tío Benito desde que quedó huérfano, y que tiene la costumbre —tan querida como temida por el resto del pueblo— de improvisar versos con más entusiasmo que talento. Bartolomé alberga un sueño desmedido: viajar a Toledo, donde cree que la poesía convierte a cualquiera en hombre rico y admirado, una idea alimentada por las exageradas historias de un morisco de paso que, a cambio de comida gratis, le pinta la ciudad como un paraíso de abundancia. A ese impulso se suma un sentimiento que el joven apenas sabe nombrar: el cariño mudo y torpe que siente por Lucía, la hija del mesonero, a quien no consigue declararse sin trabarse de vergüenza. Decidido a partir, Bartolomé consigue hacerse un hueco en el carromato de Antón, un buhonero huraño y avaro que recorre los caminos vendiendo cacharros, ofreciéndose como cocinero y ayudante de venta a cambio de compañía en la ruta. El viaje, sembrado de peligros propios de la época —caminos inseguros, bandidos, enfermedades y el cansancio de la marcha—, se transforma en una serie de pequeñas aventuras: una viuda con cinco hijos a la que Bartolomé socorre con generosidad y que le entrega, en agradecimiento, un anillo de plata grabado con un libro, un compás y una calavera, símbolo cuyo significado permanece envuelto en misterio; un mercado en Torrijos donde el don natural de Bartolomé para el pregón salva las ventas del tacaño buhonero; una banda de salteadores a la que el joven engaña haciéndose pasar por enfermo de viruela con manchas de pimentón; y el ingenioso remedio con el que, usando un galgo, una liebre y un hilo de bramante, cura el dolor de muelas de la vieja mula Margarita. Con un tono costumbrista, cálido y lleno de humor popular, el relato retrata la vida rural castellana de hace más de cuatro siglos —sus oficios, sus ferias, sus peligros y sus solidaridades— a través de los ojos de un protagonista ingenuo y generoso cuyo verdadero tesoro, más que la fama que persigue en Toledo, resulta ser la lealtad de sus amigos y el amor que deja atrás.
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