Maddie tiene casi veintisiete años, ha vuelto a las aulas después de varias decepciones laborales y arrastra un sueño que nunca se atrevió a llamar profesión: escribir.
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Maddie tiene casi veintisiete años, ha vuelto a las aulas después de varias decepciones laborales y arrastra un sueño que nunca se atrevió a llamar profesión: escribir. Su vida parece ordenada —una pareja estable, unos padres cerca, un piso en el horizonte— hasta que un compañero de clase, Brad, desordena la certeza de que estaba enamorada. «Basado en amores reales», la primera novela de Gemma Faes Espinedo, narra en primera persona ese año de dudas, culpa y decisiones aplazadas en el que una mujer descubre que la pregunta no era a quién elegir, sino quién quería ser.
Faltan siete minutos para que suene el timbre y Maddie ya está calculando cuánto tardará en llegar al coche para llorar a solas. A punto de cumplir los veintisiete, ha vuelto a estudiar —un ciclo de administración y finanzas, ella, que siempre odió los números— después de una sucesión de empleos que no la llevaban a ninguna parte y de un manuscrito que nunca se atrevió a enviar a nadie. Escribir es lo único que se le da bien, lo único que le da paz; también lo único que no cabe en su calendario de obligaciones.
En esa aula hay un chico sentado dos sillas más allá. Brad no es una aparición ni una promesa: es un compañero amable que esconde su bondad tras una pose de tipo duro, con el que ella habla de películas, de exámenes y del mal tiempo. Ninguno de los dos está libre. Y sin embargo, una tarde de octubre, al verlo cruzar una terraza a contraluz, algo hace clic en la cabeza de Maddie y ya no vuelve a su sitio.
A partir de ahí la novela avanza por dentro. Josh, el novio, es todo lo que se supone que debe ser: bueno, trabajador, guapo, conocido desde la adolescencia, hijo del amigo de su padre, dueño ya del piso que debería ser el de los dos. El problema no es él. El problema es la pregunta que Maddie lleva meses sin formular en voz alta —si alguna vez estuvo enamorada— y la culpa que se le acumula en la espalda cada mañana, cuando despierta empapada en sudor después de otro sueño en el que tiene que correr detrás de uno de los dos y elegir.
Gemma Faes Espinedo construye un relato de vida doble: la de las mañanas en clase, con sus amigas Pam y Angelina, las fiestas improvisadas y una noche de discoteca que lo cambia todo; y la de las tardes, con las responsabilidades serias, las llamadas difíciles y un silencio que se instala en casa. Entre ambas se cuelan Alice y Cristine, las amigas de siempre, que no juzgan y que proponen lo único sensato que se le puede proponer a alguien que se está perdiendo: un fin de semana fuera, lejos.
Escrita en un tono confesional, con humor seco y una honestidad que no busca hacer quedar bien a su protagonista —Maddie se llama impulsiva, gilipollas y contradictoria antes de que lo haga el lector—, esta primera novela habla del miedo a hacer daño, del peso de ser la chica buena que hace siempre lo que se espera de ella, y de esa venda que uno decide ponerse para saltar al vacío. Y habla, sobre todo, de un camino abandonado hacía años que reaparece justo cuando todo lo demás se hunde: el de los sueños propios. La voz que narra lo hace desde después, desde un corazón hecho pedazos que ha aprendido a decir que no se arrepiente de un solo paso.