Ruth Anne Boatwright —a quien todos llaman Bone— cuenta el mundo en el que nació: una familia numerosa del condado de Greenville, Carolina del Sur, marcada por la pobreza, el orgullo y un sello rojo en un certificado de nacimiento que la…
Descargar
Ruth Anne Boatwright —a quien todos llaman Bone— cuenta el mundo en el que nació: una familia numerosa del condado de Greenville, Carolina del Sur, marcada por la pobreza, el orgullo y un sello rojo en un certificado de nacimiento que la declara ilegítima. Mientras su madre, Anney, pelea año tras año contra ese papel y contra la palabra «basura» que el condado le cuelga encima, la niña observa desde el porche de sus tías la mezcla de risa, violencia y ternura que sostiene a los suyos.
La narradora abre su historia por el final de un accidente: un Chevrolet borracho, una madre embarazada de ocho meses que sale despedida por el parabrisas sin despertarse y tres días de inconsciencia durante los cuales la abuela y la tía Ruth firman los papeles y eligen un nombre. Así llega al mundo Ruth Anne Boatwright, apodada Bone porque al nacer no abultaba «más que el hueso de un nudillo». En el trámite se equivocan en casi todo: escriben el segundo nombre de tres maneras distintas y, al no poder acordar el apellido del padre, el estado de Carolina del Sur zanja el asunto con una palabra en mayúsculas rojas al pie del documento.
De ese sello nace el motor emocional de la primera parte. Anney, madre a los quince años, vuelve al Registro Civil una vez y otra: sola, con su hermana, con un abogado pagado con la indemnización de otro choque. Cada visita repite la misma escena de funcionarios corteses que se ríen con los ojos, mujeres que fruncen los labios en el umbral y un impreso idéntico al anterior. Lo que está en juego no es el papel, sino la etiqueta que Anney ha cargado desde niña sobre los surcos de fresas y cacahuetes ajenos: mala, holgazana, inútil. La abuela le insiste en que lo olvide, el pastor le habla de vergüenza, y ella responde con una palabrota que su hermana repetirá con orgullo durante años.
Alrededor de esa pelea se despliega la crónica de una familia. Anney se casa con Lyle Parsons, un muchacho dulce que quiere probar que es un hombre y muere resbalando sobre un charco de aceite un domingo de lluvia y sol, dejándola con diecinueve años, dos hijas y una manera nueva de mirar. Aprende entonces el oficio que la sostendrá: camarera del Café White Horse, sonrisa amable y lengua mordaz, cordial y distante a la vez, devolviendo con firmeza cualquier regalo que parezca un anticipo. Su hermano Earle, leyenda local del martillo, la sierra y la cárcel, lleva un día a almorzar a Glen Waddle, un chico bajito y nervioso, oveja negra de una familia acomodada, que decide en ese mismo mostrador que se casará con ella y con toda la leyenda Boatwright. La escena queda cargada de un presagio incómodo: Anney sopesa si será un buen padre, un hombre pacífico, mientras percibe su propio sudor y no sabe si es miedo o deseo.
El relato culmina, por ahora, en una carcajada colectiva: el día en que el Registro Civil arde, media ciudad decide que fue Anney quien encendió la cerilla, y ella quema en el fregadero sus copias inútiles mientras sus hermanas ríen al teléfono y sus hombres ríen en el patio de los altos hornos. El segundo capítulo cambia de registro y se vuelve memoria sensorial: el Greenville de 1955 como el lugar más hermoso del mundo, nogales negros, sauces llorones, trébol con babosas grises, jardines abrasados donde el casero cerró las espitas, y un porche al atardecer con té frío, judías que se escogen, guitarra slide en la radio y una abuela que se burla cariñosamente de un nieto desnudo mientras escupe tabaco al patio. Contada por una niña seria y observadora de huesos largos, es una infancia que aprende al mismo tiempo la risa y el escarnio, y una voz que ya intuye que en su familia el amor no impide que se devoren entre sí.